Una "victoria" que puede costar una fortuna
-
Por José Pedro Cardozo
/
director@laprensa.com.uy
En política, como en la vida pública, hay interpretaciones que rozan lo insólito. La reciente lectura que desde el gobierno —y particularmente desde la subsecretaría de Presidencia a cargo del Dr. Jorge Díaz— se hizo sobre el caso del astillero Cardama parece ubicarse precisamente en ese terreno. Presentar como una suerte de triunfo que la empresa española haya desistido de concurrir a una audiencia de conciliación revela, cuanto menos, una sorprendente incomprensión de la naturaleza de los litigios internacionales.
Porque lo evidente es otra cosa: lejos de significar una retirada, ese movimiento puede ser apenas el primer paso hacia un escenario mucho más complejo y costoso para el Estado uruguayo. La lógica jurídica indica que, al abandonar esa instancia, el astillero gallego probablemente esté preparando el terreno para trasladar el conflicto a una jurisdicción internacional, donde reclamará daños y perjuicios por la rescisión del contrato de construcción de las dos patrulleras oceánicas firmado durante la administración anterior.
Si ese escenario se confirma, Uruguay podría enfrentar una demanda millonaria cuyo monto, eventualmente, supere incluso el valor original del contrato. Es decir, lo que fue presentado como una defensa de los recursos públicos podría terminar convirtiéndose en una sangría de dinero estatal muy superior al costo de las embarcaciones que nunca se construirán.
Conviene recordar el origen político del conflicto. La llamada “operación Cardama” nació, en los hechos, como una ofensiva contra el gobierno saliente y una forma de cuestionar decisiones adoptadas en la administración anterior. Más que un debate técnico sobre un contrato, el episodio fue planteado desde el inicio como una confrontación política. Una suerte de declaración de guerra a la gestión precedente.
Sin embargo, la experiencia histórica de Uruguay muestra que los caminos de la confrontación rara vez generan los resultados esperados. La tradición política nacional ofrece ejemplos claros de que las actitudes constructivas, capaces de priorizar la estabilidad institucional por encima de las disputas partidarias, terminan siendo valoradas por la ciudadanía.
La estrategia adoptada ahora parece ir en sentido contrario. Bajo la influencia de una visión de la política marcada por la lógica de confrontación permanente, el gobierno decidió rescindir el contrato con Cardama invocando el artículo 70 del Texto Ordenado de Contabilidad y Administración Financiera (TOCAF). Se trata de un mecanismo excepcional que habilita a la Administración a rescindir unilateralmente un contrato por incumplimiento grave del adjudicatario.
Pero esa decisión abre interrogantes jurídicos y estratégicos. Al optar por esta vía, el Estado no sólo asume la carga de demostrar la existencia de un incumplimiento grave, sino que además expone su posición a un litigio internacional donde deberá exhibir todas sus cartas desde el inicio. En el terreno de los litigios complejos, esa es precisamente la situación que los abogados de la parte demandante suelen considerar más favorable cuando creen tener un caso sólido.
A ello se suma otro elemento discutible: el argumento central invocado por el gobierno —un problema en la garantía del contrato— difícilmente pueda interpretarse como un incumplimiento grave del contrato principal. Más aún cuando la ejecución del proyecto venía desarrollándose sin desviaciones significativas hasta que la propia amenaza de rescisión generó incertidumbre entre proveedores y financistas.
En ese contexto, el titular triunfalista que celebra que “Cardama desistió de la demanda” funciona más como un placebo comunicacional que como una verdadera victoria jurídica. Su efecto, probablemente, será breve. Cuando el astillero despliegue su estrategia legal en el escenario internacional, la realidad comenzará a imponerse.
Y entonces podría quedar claro que, más que evitar un gasto, el gobierno terminó comprando un problema gigantesco. Uno que, paradójicamente, puede terminar costando mucho más caro que las patrulleras que nunca llegarán a navegar.