Venezuela después de Maduro: dudas e incógnitas
-
Por Jose Pedro Cardozo
/
director@laprensa.com.uy
La caída de Nicolás Maduro tras la operación e intervención de Estados Unidos, más allá del impacto inmediato, obliga a una lectura analítica y crítica sobre sus causas, su ejecución y, sobre todo, sus consecuencias. Llegó el final de una era en Venezuela, pero lo que comienza ahora está lejos de ser claro. El modo en que se reconfiguren los restos del aparato chavista y las decisiones que adopten Washington y sus aliados no solo definirán el futuro del país caribeño, sino que modelarán equilibrios regionales y globales.
Donald Trump fue explícito al anunciar que Estados Unidos administrará la transición. No se trató, entonces, de una operación quirúrgica limitada, sino de una intervención con ambición política. El secretario de Estado Marco Rubio, sintetizó el espíritu de la decisión: “Trump es un hombre de acción; lo que dice, lo hace”. La frase funcionó como advertencia y como justificación.
Sin embargo, el camino hacia la caída de Maduro estuvo lejos de ser lineal. Washington combinó silencio oficial con señales contradictorias, un patrón clásico de la guerra híbrida contemporánea. Mientras se hablaba de operativos contra el narcotráfico, se preparaba algo de mayor escala. El punto de inflexión fue la designación del Cartel de los Soles como organización terrorista, decisión que otorgó sustento jurídico interno para ampliar el abanico de opciones. A partir de allí, el debate dejó de ser legal o militar y pasó a ser político-diplomático. Para Trump, los costos internacionales —incluida la reacción de la ONU— no constituyen freno alguno.
En ese contexto emergen los episodios más opacos: las versiones de traiciones internas. La vicepresidenta Delcy Rodríguez apareció en el centro de rumores persistentes. Se habló de su salida de Caracas, de contactos con Washington y hasta de una supuesta oferta de los hermanos Rodríguez para entregar a Maduro. El propio Trump afirmó que Marco Rubio habló con ella y que existía disposición a “hacer lo que Estados Unidos quisiera”. Verdadero o no, el dato relevante es otro: el nerviosismo político del régimen era evidente y el aislamiento, creciente. La detención de Maduro fue el desenlace de un proceso en el que coincidieron oportunidad estratégica, capacidad militar y descomposición interna.
Lo que sigue es aún más complejo. La confirmación de que Estados Unidos tomará el control del país durante la transición no puede reducirse a la captura de un “jefe narco” para juzgarlo en Nueva York bajo la nueva doctrina de seguridad estadounidense.
Se trata, en los hechos, de la toma del país. La pregunta central es si Washington podrá disciplinar a las facciones que sobreviven dentro del chavismo y de las fuerzas armadas. ¿Por qué no fueron detenidos aún Diosdado Cabello o Vladimir Padrino López? ¿Hubo pactos subterráneos? En regímenes de esta naturaleza, lo no dicho suele pesar más que lo declarado.
El Cartel de los Soles —con su fuerte anclaje en estructuras militares— plantea un desafío mayúsculo. ¿Las fuerzas armadas le soltaron la mano a Maduro o simplemente reacomodaron lealtades? Mientras tanto, la certeza es una sola: Venezuela enfrenta una reconstrucción integral que excede largamente lo petrolero. Es institucional, social y moral.
En el plano global, la intervención inaugura un nuevo capítulo de alineamientos y grietas. Ya se percibe una fuerte división entre quienes condenan la acción estadounidense y quienes la celebran, tanto en oficialismos como en oposiciones. Además, el entramado de financiamiento político, sindical y criminal que Caracas sostuvo durante años entra en una etapa de confusión peligrosa. El posible desbande puede derivar en episodios de violencia, justo cuando la región —y particularmente nuestro país— enfrenta un avance sostenido del narcotráfico ante respuestas estatales insuficientes.
Nada de esto parece casual. Las coincidencias empiezan a ordenarse como causalidades. La caída de Maduro cierra un ciclo, pero abre un escenario de alta volatilidad. El desafío será que la transición no sustituya una forma de tutela por otra y que la promesa de democracia no quede, una vez más, atrapada entre la geopolítica y el poder real.
Comentarios potenciados por CComment