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En el libro El Oficio de Sociólogo, de Pierre Bourdieu, Passeron y Chamboredon, se plantea que cuando un nuevo orden de fenómenos llega a la consideración de la ciencia éste ya tiene forma en el pensamiento y la reflexión de la gente. Se entiende.

El nuevo orden de fenómenos puede ser en política y aquí se aporta un dato llamativo. Veamos la historia. Durante años se dijo que los votos no se transfieren, un gran candidato, un gran intendente, senador, presidente, líder en sí, aunque quiera no puede transferirle los votos a su delfín, a su candidato, a su hijo, a su pareja, a su seguidor más fiel porque la gente no responde en política a esa lógica. No hay una suma aritmética. Abundan los ejemplos, incluso veamos lo que pasó en la última elección aquí en el Uruguay cuando la administración de Luis Lacalle Pou, que se fue con altos niveles de valoración popular, y los sigue teniendo, no le pudo transferir esos niveles de apoyo a Álvaro Delgado, compañero eterno del líder y también secretario de la Presidencia; pero algo falló y todos los que valoraban al líder no votaron en masa al seguidor del líder, algo de estudio pero también muy mencionado en la Ciencia Política. Pero veamos el "nuevo orden de fenómenos", y es que en la elección en primera vuelta reciente en Brasil Jair Bolsonaro, el ex presidente norteño ahora sancionado por un supuesto intento de golpe de Estado al perder las elecciones con Lula hace cuatro años, le transfirió los votos a su hijo, el senador Flavio Bolsonaro, y fue tan exitoso el traspaso que lo mejoró aún. Es increíble, pero ni siquiera la mayoría de las más solventes encuestadoras brasileñas pudo anticipar este fenómeno. O sea que podríamos decir a partir del caso "Bolsonaro" que los votos sí se transfieren.

Pensemos en Lula Da Silva. El presidente brasileño sacó 3.379.000 menos que en la elección de hace cuatro años. Hubo, por otro lado, una transferencia misteriosa y completa de sufragios de Jair Bolsonaro a su hijo Flávio. El surgimiento de una ultraderecha conservadora encarnada en el expresidente, lo que muchos consideraban como algo episódico, fue un fenómeno que terminó por estabilizarse.

La victoria de Bolsonaro, eco de otros resultados similares en la región y en Europa, debe ser subrayada. Existieron otros candidatos -tres al menos- que expresaban también a votantes de derecha. La fragmentación de la oferta electoral amenazaba aún más a Bolsonaro que a Lula. Observadores brasileños señalan un error discursivo en la campaña electoral del líder del Partido de los Trabajadores (PT), mensaje que podrían leer los izquierdistas de la región, y aún más los del núcleo duro; el PT no tuvo en cuenta que es blanco de un sentimiento adverso muy marcado, en especial Lula, en sectores de la clase media brasileña radicados en el sur del país. Se parece mucho al odio que mucha gente siente por Cristina Kirchner o La Cámpora en la Argentina, una emoción radical y de animadversión que domina la política.

Eso puede ser capitalizado por la Coalición Republicana si tiene la capacidad de articular un discurso único y efectivo que marque un distanciamiento claro con la izquierda en temas donde siente el hartazgo de la población. Uno puede ser el de las pensiones a descendientes de personas que lograron probar ante la Justicia ser perseguidos por el terrorismo de Estado, algo que viene siendo cuestionado desde diferentes ángulos, otro el volcar el tema de los Derechos Humanos solamente hacia la izquierda y olvidarse de los crímenes del MLN que parece no existieron donde claramente la izquierda logró imponer un discurso dominante que todos parecen tener miedo de enfrentar. Y de fondo la inseguridad, el gran flagelo de los uruguayos. Hay puntos para marcar claramente lo que se quiere diferenciar, el pueblo brasileño lo marcó no solo con Bolsonaro hijo sino también con los otros candidatos anti Lula enfrentando nada menos que al poder en ejercicio actualmente.

 

 

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