La Prensa Hacemos periodismo desde 1888

La gravedad del momento que atraviesa Uruguay ya no admite eufemismos ni declaraciones grandilocuentes. El país enfrenta un deterioro social visible, tangible y doloroso, que se expresa en múltiples dimensiones: el aumento de la violencia, la proliferación de personas en situación de calle y, lo más alarmante, la pérdida de vidas humanas en contextos de extrema vulnerabilidad. En este escenario, las recientes declaraciones del presidente Yamandú Orsi, lejos de transmitir un rumbo claro, dejan más interrogantes que certezas.

El asesinato de un niño de apenas un año y medio en Colón no es solo un hecho trágico; es un síntoma brutal del estado en que se encuentra nuestra sociedad. Frente a ello, el mandatario afirmó que “no hay ni un adjetivo” y que es necesario “apretar el acelerador”. Sin embargo, esa retórica de firmeza contrasta con una falta evidente de resultados concretos. Acelerar, ¿hacia dónde? ¿Con qué herramientas? ¿Con qué diagnóstico real?

Orsi reconoce que “Uruguay tiene un índice de violencia demasiado alto” y que no se trata únicamente de sumar policías o recursos tecnológicos. En eso tiene razón. Pero ese reconocimiento pierde valor cuando no va acompañado de una autocrítica profunda ni de un plan integral que aborde las raíces del problema. Señalar que la sociedad “se ha deteriorado” es describir una consecuencia, no explicar sus causas.

El problema no comenzó ayer. Durante los últimos 15 años de gobiernos frenteamplistas se incubaron muchas de las condiciones que hoy explotan con crudeza: fragmentación social, debilitamiento de la educación, pérdida de oportunidades reales para amplios sectores y una progresiva naturalización de la violencia. Pretender ahora analizar el fenómeno como si fuera una fatalidad inevitable es, como mínimo, una omisión grave.

A esto se suma una realidad que golpea la conciencia colectiva: cientos de personas viviendo en la calle, muchas de ellas en condiciones indignas, expuestas al frío, al hambre y a la exclusión más absoluta. Que ya se hayan registrado muertes en este contexto no solo es un fracaso del sistema; es una señal de alarma que debería haber generado respuestas urgentes y contundentes. Sin embargo, la reacción oficial parece moverse entre la resignación y la burocracia.

Cuando el presidente afirma que “no hay soluciones simples”, nuevamente tiene razón. Pero esa afirmación no puede convertirse en excusa para la inacción o la lentitud. Gobernar implica precisamente enfrentar problemas complejos con decisiones firmes, coordinadas y sostenidas en el tiempo. La complejidad no exonera responsabilidad; la multiplica.

El deterioro social no es un fenómeno abstracto. Se manifiesta en barrios donde el miedo es cotidiano, en familias que sienten que el Estado ya no las protege y en ciudadanos que perciben que la violencia se ha vuelto parte del paisaje. También se refleja en una creciente desconfianza hacia las instituciones y en la sensación de que el rumbo está perdido.

Resulta preocupante, además, que el propio presidente parezca deslizar una cierta inevitabilidad en hechos extremos, como cuando menciona que “por robar una moto matan a alguien” como “un dato de la realidad”. Naturalizar esa lógica es peligroso. La función del liderazgo político no es adaptarse a la barbarie, sino combatirla con determinación.

Uruguay necesita mucho más que diagnósticos correctos. Necesita conducción, autocrítica y un cambio de enfoque real. Asumir la responsabilidad no puede limitarse a una frase; debe traducirse en políticas efectivas que reviertan el rumbo.

La sociedad está esperando respuestas. Y el tiempo, claramente, se está agotando.

Ranking
Recibirás en tu correo electrónico las noticias más destacadas de cada día.

Podría Interesarte