El mejor alumno
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Por Leonardo Vinci
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La política tiene una larga historia de contradicciones, pero hay casos que llaman particularmente la atención por la velocidad, la intensidad y el descaro con que algunos dirigentes cambian de discurso según el lugar que ocupan. Si están en la oposición, se presentan como fiscales implacables; si llegan al gobierno, se convierten en expertos fabricantes de excusas. El secretario de la Presidencia, Alejandro “Pacha” Sánchez, parece haberse graduado con honores en esa escuela. Por eso merece el título de “El mejor alumno”.
Entonces no había explicaciones que valieran. No importaban los factores internacionales, las tensiones geopolíticas, la evolución del precio del petróleo ni las complejidades del mercado energético. Para Sánchez y otros dirigentes frenteamplistas, la responsabilidad siempre recaía exclusivamente sobre el gobierno. No existían atenuantes ni circunstancias extraordinarias. Todo era culpa de quienes administraban el país. Sin embargo, bastó un cambio de gobierno para que el discurso diera un giro de ciento ochenta grados. Hoy, desde el poder, las explicaciones abundan. Ahora aparecen la guerra, los conflictos internacionales, las fluctuaciones de los mercados, los factores externos y toda una larga lista de argumentos destinados a justificar aquello que antes era condenado sin contemplaciones.
La pregunta es inevitable: ¿qué cambió realmente? ¿Cambió la realidad o cambió el lugar desde donde se la observa?
Porque las guerras no comenzaron cuando el Frente Amplio regresó al gobierno. Los conflictos internacionales, las crisis energéticas y las variaciones del precio del petróleo existían también cuando Sánchez lanzaba sus feroces críticas desde la oposición. Lo que cambió fue la conveniencia política. Lo que antes era una excusa inadmisible ahora se presenta como una explicación razonable. Lo que antes demostraba incapacidad hoy se transforma en una consecuencia inevitable del contexto mundial.
Esta conducta no solo revela una enorme incoherencia política. También constituye una falta de respeto hacia los ciudadanos. Implica asumir que la gente no tiene memoria, que nadie recuerda lo que se decía hace apenas unos años y que basta con cambiar el libreto para que todos acepten la nueva versión sin hacer preguntas.
En ese aspecto, Sánchez parece haber aprendido perfectamente las lecciones de su maestro político, el fallecido José Mujica, célebre por aquella frase que quedó grabada en la memoria colectiva: “como te digo una cosa, te digo la otra”. La diferencia es que Mujica muchas veces transformaba sus contradicciones en una especie de sello personal. Sánchez, en cambio, pretende presentar como convicciones lo que son simples cambios de conveniencia.
Los ciudadanos tienen derecho a exigir algo elemental de sus gobernantes: coherencia. Nadie reclama infalibilidad. Las circunstancias cambian y las políticas pueden corregirse. Pero cuando alguien pasa de condenar ferozmente una medida a justificar exactamente la misma conducta apenas ocupa un cargo de gobierno, queda expuesto un problema mucho más profundo que un simple cambio de opinión.
La credibilidad es uno de los activos más importantes de cualquier dirigente político. Y cuando las palabras de ayer desmienten las explicaciones de hoy, esa credibilidad se erosiona peligrosamente. Tal vez el “Pacha” Sánchez crea que la ciudadanía olvidará sus viejos discursos. Tal vez piense que la gente es ingenua. Pero la memoria suele ser mucho más persistente de lo que algunos políticos imaginan.
Y por eso, cuando se observan sus declaraciones de ayer y sus justificaciones de hoy, resulta difícil evitar una conclusión: si existe una escuela de la contradicción política, Alejandro Sánchez ha demostrado ser, sin discusión, su mejor alumno.