Entre el Volkswagen escarabajo y la camioneta Hyundai
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Por Pedro Rodriguez
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Durante años, una parte importante de la política uruguaya construyó un relato basado en la austeridad. La imagen de José Mujica recorrió el mundo acompañado de su viejo Volkswagen Escarabajo, de su chacra y de un discurso que cuestionaba el consumismo, los privilegios y la distancia entre los gobernantes y la gente común.
Aquella imagen no fue solamente un vehículo. Fue un símbolo. Representó una forma de hacer política que logró conectar con miles de uruguayos y también con personas de otros países. El mensaje decía, que se podía gobernar sin alejarse de la realidad de la mayoría.
Por eso la polémica generada por la camioneta Hyundai adquirida por el presidente Yamandú Orsi no pasa únicamente por un negocio comercial ni por una discusión jurídica. La discusión es mucho más profunda. Tiene que ver con la coherencia entre el discurso y los hechos.
Es cierto que una empresa privada puede hacer con su negocio lo que considere conveniente. Puede vender, regalar, bonificar o realizar las cortesías que quiera. Nadie puede cuestionar la libertad de una empresa para fijar sus precios o decidir a quién beneficia con promociones especiales.
Pero cuando quien recibe una cortesía importante es una persona que está por asumir la Presidencia de la República, el asunto deja de ser exclusivamente privado y pasa a tener una dimensión pública.
Más aún cuando se trata de una empresa que mantiene relaciones comerciales con el Estado. Tal vez no exista ninguna ilegalidad. Tal vez todo esté correctamente documentado. Tal vez los abogados encuentren explicaciones suficientes para justificar cada paso. Sin embargo, la política no se sostiene únicamente sobre lo legal. También se sostiene sobre la confianza y sobre las señales que reciben los ciudadanos.
Y las señales importan. Porque mientras se habla de descuentos de decenas de miles de dólares, hay miles de uruguayos que viven otra realidad. Está el jubilado que intenta llegar a fin de mes con poco más de 20 mil pesos. Está el trabajador zafral que sale cada mañana a buscar una changa para ganar mil pesos en el día. Está el comerciante que lucha contra los costos. Está el vecino que creyó en una propuesta política que prometía cercanía con la gente común.
Ese ciudadano no analiza expedientes ni contratos. Observa los hechos y saca sus conclusiones. También es para recordar algunos discursos del pasado. Durante años se criticó a quienes mostraban determinados niveles de consumo o adquirían bienes considerados lujosos. Se cuestionaron estilos de vida, se señalaron diferencias económicas y se habló de la necesidad de mantener la sensibilidad social.
Por eso hoy muchos nos preguntamos qué cambió. Porque el heredero político de Mujica, el dirigente que representa la continuidad de aquel proyecto, aparece vinculado a una situación que difícilmente encaje con aquella imagen del viejo Escarabajo que tanto se utilizó para transmitir austeridad. Las casualidades tampoco ayudan. Casualmente, una empresa proveedora del Estado realiza una importante cortesía. Casualmente, esa misma marca queda asociada a la imagen del nuevo gobierno. Casualmente, los vehículos de esa marca recorren las principales avenidas de Montevideo durante los actos oficiales de asunción presidencial.
Quizás todo tenga una explicación . Pero cuando las explicaciones llegan después de que aparecen las dudas, el daño político ya comenzó. El problema no es la riqueza. Tampoco es una camioneta. Nadie pretende que un presidente viva con dificultades o renuncie a la comodidad necesaria para cumplir su función. El verdadero problema aparece cuando la realidad comienza a alejarse del discurso que durante años sirvió para conquistar la confianza de la gente. La política puede soportar errores. Lo que le cuesta mucho más soportar es la sensación de que existen dos varas, una para criticar a los demás y otra para justificarse a sí mismos.
Entre el Volkswagen Escarabajo y la camioneta Hyundai hay mucho más que una diferencia de vehículos. Hay una distancia que muchos uruguayos empiezan a medir entre lo que se dijo durante años y lo que hoy observan en los hechos. Y cuando esa distancia crece, la credibilidad comienza a circular con menos combustible que cualquier automóvil.