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Los muros pintados con consignas evocadoras de los años sesenta han vuelto a aparecer en el paisaje social, clamando de nuevo: “¡Yankees go home!”, una frase que en su sencillez encierra un rechazo ferviente a cualquier injerencia extranjera en los asuntos de nuestra América Latina.

En Uruguay, un país pequeño al lado de potencias regionales y globales, esa idea de soberanía resuena porque entendemos bien lo que significa que una potencia externa interfiera en nuestra vida interna.

En los últimos días, un hecho internacional ha puesto en el centro de la escena este debate: la muerte de 32 militares cubanos durante una operación militar estadounidense en Venezuela que culminó con la captura del presidente Nicolás Maduro. El gobierno de La Habana confirmó oficialmente que estos 32 ciudadanos vinculados a las Fuerzas Armadas Revolucionarias y el Ministerio del Interior cubanos, murieron en combate o como resultado del ataque, mientras cumplían funciones en territorio venezolano a solicitud de quienes ejercen el poder en ese país.

La noticia ha reabierto viejas discusiones sobre la presencia e influencia de Cuba en la región, especialmente en Venezuela, donde desde hace años —como lo han destacado diversos analistas y medios internacionales— hay personal cubano operando en distintos niveles de la seguridad y el aparato estatal venezolano.

La presencia militar extranjera en cualquier territorio soberano plantea preguntas fundamentales sobre la autonomía de los países latinoamericanos y el papel que cumplen otros Estados en sus decisiones internas. No se trata simplemente de repetir consignas históricas sino de examinar críticamente cómo se producen estas influencias, con qué fines y con qué consecuencias.

Cuba, durante gran parte de la segunda mitad del siglo XX, asumió un papel activo como exportador de revoluciones y formador de guerrillas en América Latina y África. Su participación en conflictos como el de Angola o su apoyo a movimientos insurgentes marcó un estilo de intervención innegable. Ese pasado es parte de nuestra memoria regional; no puede ignorarse ni simplificarse.

Lo cierto es que hoy, la presencia de militares cubanos en Venezuela —custodiando al presidente que fue capturado por fuerzas estadounidenses— es un fenómeno complejo que desafía interpretaciones simplistas. Según informes oficiales, el grupo cubano estaba cumpliendo funciones de seguridad a pedido de las autoridades venezolanas.

Esto revela una profundidad de relaciones entre gobiernos que va más allá de los lemas pintados en las paredes: es una alianza estratégica, política y militar que involucra intereses, poderes e influencias que afectan no solo a los países directamente involucrados sino a todo el continente.

En este contexto, la consigna “¡Yankees go home!” adquiere otro significado: no solo invoca el rechazo a una intervención externa, sino que también nos obliga a preguntarnos quiénes son los actores que verdaderamente influyen en las decisiones de los Estados latinoamericanos y con qué efectos. ¿Qué soberanía queda cuando un gobernante depende de fuerzas extranjeras para su protección? ¿Qué sentido tiene pedir la salida de una potencia si otros Estados con intereses propios operan de manera similar?

Uruguay, por su historia y su tradición democrática, puede reclamar con coherencia que ningún país interfiera en sus asuntos internos. Pero también se debe entender que la soberanía no se defiende con grafitis nostálgicos.

Defender la autodeterminación de los pueblos implica cuestionar cualquier forma de intervención —ya sea militar, económica o ideológica— y al mismo tiempo promover soluciones que respeten la voluntad de las sociedades involucradas.


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