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Cada vez que se habla de la problemática canina en la ciudad, el foco suele ponerse en los perros sueltos. Son los visibles: los que circulan por las calles, cruzan avenidas o buscan comida en la basura. Sin embargo, el problema más grave no siempre está a la vista. Está detrás de los cercos, en predios donde centenares de animales han perdido su libertad y sobreviven en condiciones que distan mucho de ser dignas. ¿Cuántos vecinos han visitado realmente el lugar donde hoy se alojan estos perros? Allí, el hacinamiento es evidente. Jaulas improvisadas, espacios reducidos y una convivencia forzada que genera estrés, enfermedades y un deterioro progresivo del estado físico y emocional de los animales. Hemos abordado esta situación en ocasiones anteriores, reconociendo el trabajo de organizaciones como PRODEA, que con recursos limitados intenta dar respuesta a una problemática enorme. Pero también es necesario decirlo con claridad: esos esfuerzos, aunque valiosos, no alcanzan.

No todos los casos son iguales y es fundamental diferenciarlos. Por un lado, están los cachorros abandonados, que aún tienen posibilidades reales de ser adoptados si reciben atención veterinaria y un cuidado adecuado. Por otro, están los perros adultos y viejos, muchos de ellos entregados por sus propios dueños para pasar sus últimos días en encierro, lejos del afecto y la tranquilidad que merecerían. Para estos animales, el refugio termina siendo una antesala del final, en condiciones que resultan difíciles de aceptar desde cualquier mirada ética.

Hace algún tiempo recorrí ese predio y vi a cientos de perros viviendo de esa manera, lo que conmueve profundamente. Son animales que deberían estar en hogares, en patios, acompañados, o al menos en espacios amplios donde puedan moverse con libertad. En cambio, permanecen confinados en un lugar que, sin exagerar, recuerda a un campo de concentración para animales. Una imagen dura, pero necesaria para dimensionar la urgencia del problema.

La pregunta es inevitable: ¿no está la comuna en condiciones de ceder en comodato un terreno de mayores dimensiones, que permita un abordaje más humano y eficiente? ¿No existen alternativas superadoras que incluyan espacios abiertos, sectores diferenciados, programas de adopción más agresivos y campañas sostenidas de castración?

Los especialistas coinciden en que la solución no pasa por acumular animales en refugios saturados. La clave está en la prevención: castraciones masivas y gratuitas, educación responsable sobre la tenencia de mascotas, identificación de los animales y políticas públicas que promuevan la adopción. A esto se suma la necesidad de contar con centros de tránsito adecuados, donde los perros puedan recuperarse y socializar antes de ser dados en adopción, evitando el encierro prolongado.

Este no es un problema exclusivo de las protectoras. Es una responsabilidad compartida entre el Estado, las organizaciones civiles y la comunidad. Mirar hacia otro lado solo prolonga el sufrimiento. Hace falta decisión política, sensibilidad y una planificación seria que priorice el bienestar animal.

Es tiempo de dejar de reaccionar solo ante la urgencia y empezar a construir soluciones de fondo. Cada perro encerrado representa una historia de abandono, pero también una oportunidad de hacer las cosas mejor. La pregunta ya no es si podemos actuar, sino cuándo. Y ese momento debería ser ahora.

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