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Hay cosas que pasan sin que nadie las decida y, sin embargo, terminan cambiando cómo vivimos la ciudad. En Salto eso ya ocurrió con los monopatines y las bicicletas eléctricas. No fue una política pública, no fue una campaña, fue más simple. La gente empezó a usarlos porque sirven. Y está bien. Yo también uso uno, soy pro-monopatín y anti-anti monopatín.

En poco más de un año pasamos de verlos como algo raro a cruzarnos con ellos todos los días. El problema es que el tránsito no cambió al mismo ritmo. Hoy conviven autos, motos, bicicletas, peatones y estos nuevos vehículos sin reglas claras. En ese escenario, lo que aparece no es la libertad, es la ley del más fuerte.

Lo más evidente no son los monopatines, son algunas bicicletas eléctricas. Se venden como otra cosa, pero en la práctica se comportan como vehículos de mayor porte. Alcanzan velocidades altas y circulan, lógicamente, sin hacer ruido. No es difícil anticipar lo que puede pasar si esto sigue así. Aunque Horacio Pérez desde TDN.uy ya nos lo ha mostrado.

La respuesta fácil sería cargarles costos, exigir patente, sumar trámites. No es el camino. La regulación no puede ser una excusa para recaudar. Tampoco tiene sentido tratar a todos los vehículos como si fueran lo mismo. No es lo mismo un monopatín sin impulso que una bicicleta eléctrica que supera los 50 km/h.

La propuesta que estamos trabajando, como Edil, parte de una idea más simple. Ordenar sin castigar. Poner marco donde hoy no hay nada, ni garantías, pero no desincentivar.

Eso implica exigir casco, mejorar la visibilidad, fijar criterios de circulación y establecer límites razonables de velocidad. También implica reconocer que hay vehículos que, por cómo funcionan, requieren un mínimo de formación. No para complicar a la gente, sino para que entienda dónde está el riesgo. No es lo mismo aprender a andar en bicicleta que moverse a cierta velocidad entre autos.

Hay otra discusión que aparece siempre, que es la del control. No todo se resuelve con multas. Por eso planteamos una etapa inicial donde el foco esté en informar, advertir y corregir. La idea es llegar antes del accidente, no después. Si la primera interacción con la norma es punitiva, se pierde la oportunidad de generar un cambio real en la conducta.

También hay decisiones que no pasan por prohibir o imponer. El caso del seguro es claro. No se exige, pero se promueve. Hay situaciones donde la responsabilidad individual tiene que jugar, sobre todo cuando hay terceros involucrados.

Todo esto convive con una limitación que no se puede ignorar, que es ni más ni menos que la infraestructura. Salto no está pensada para este tipo de movilidad. Las ciclovías no están integradas al tejido urbano y en muchos casos no son una alternativa real. Eso obliga a compartir la calzada y hace todavía más necesario que haya reglas claras.

No estamos inventando nada. Estamos tomando referencias que ya existen y adaptándolas a lo que pasa acá. La diferencia es que en Salto el fenómeno llegó rápido y sin preparación. Eso obliga a decidir con cierta urgencia pero también criterio.

La discusión no es si estos vehículos se quedan o no, eso ya está resuelto. La discusión es en qué condiciones vamos a convivir.

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