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La relación entre Manuel Oribe y los charrúas constituye uno de los temas más complejos y debatidos de la historia uruguaya del siglo XIX. Su actuación frente a los pueblos indígenas no fue lineal, ya que pasó de respaldar las campañas militares impulsadas por el gobierno constitucional a intentar posteriormente una política de acercamiento hacia los pocos indígenas que se deambulaban en el norte del país.

En los primeros años de vida independiente del Uruguay, las autoridades buscaban consolidar el control del territorio y garantizar la seguridad de las poblaciones rurales. Las correrías de los grupos charrúas, que desde tiempos coloniales mantenían una vida nómada y autónoma, eran vistos por los criollos como un problema para el desarrollo económico y la expansión ganadera. En ese contexto, el presidente Fructuoso Rivera marchó al frente del ejército a pacificar la campaña, contando con el voto unánime de la Asamblea General y el apoyo de la dirigencia política y militar del país.

El episodio de Salsipuedes terminó con la muerte de unos 40 indígenas y oficiales de las tropas gubernamentales. Entre los militares que participaron activamente se encontraba Bernabé Rivera, quien continuó las operaciones contra los grupos dispersos. La posición de Manuel Oribe frente a las acciones de Bernabé Rivera, quedó reflejada en una carta enviada a Fructuoso Rivera, en la que lo felicitaba por la campaña militar contra los charrúas. El 13 de junio de 1832, Oribe felicitó a Don Frutos por el "brillante resultado" de la división comandada por Bernabé Rivera y le envió una nota adjunta para que se la hiciera llegar.

Ese documento demuestra que Oribe compartía la visión predominante de la época, según la cual las campañas contra los indígenas eran consideradas necesarias para asegurar el orden y la estabilidad del nuevo Estado oriental. Sin embargo, la actitud de Oribe hacia los charrúas tuvo posteriormente un cambio significativo. Según diversos relatos históricos difundidos por investigadores y cronistas, cuando Oribe ejercía la presidencia y marchó a campaña en 1837, tuvo contacto con los últimos grupos charrúas. Aquella pequeña tribu, estaba compuesta por unas decenas de personas. Oribe decidió entonces convocarlos y ofrecerles protección del gobierno, campos y haciendas donde pudieran establecerse y subsistir pacíficamente. Los charrúas, aunque recelosos, aceptaron acercarse debido a que, según los testimonios de la época, nunca habían tenido motivos personales de queja contra Oribe.

El encuentro entre Oribe y el cacique charrúa tuvo un fuerte contenido simbólico. El presidente se presentó sin escolta ante la tribu para inspirar confianza. Allí, Sepé recordó los sufrimientos de su pueblo, responsabilizando directamente a Rivera por los episodios de Salsipuedes. Oribe escuchó aquellas acusaciones y prometió amparo y protección a los sobrevivientes. Desde entonces, los charrúas acompañaron durante un tiempo al ejército nacional y participaron en algunas acciones militares contra las fuerzas riveristas.

La relación de Manuel Oribe con los charrúas, por lo tanto, estuvo marcada por contradicciones. Primero apoyó las políticas represivas impulsadas por el gobierno oriental y felicitó a Bernabé Rivera por sus campañas militares. Pero años después intentó atraer a los charrúas que recorrían el norte del país. Esa doble actitud refleja las tensiones políticas y culturales presentes en la construcción del Uruguay independiente y permite comprender mejor la complejidad de un período decisivo de la historia nacional.

Pero cabe preguntarnos ¿No habían sido exterminados los charrúas en Salsipuedes?

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