Papá Estado otra vez
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Por Pedro Rodríguez
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Durante la sesión parlamentaria en la que se aprobó extender por dos años la intervención del CASMU, el diputado Federico Casaretto expresó una idea que rápidamente llamó la atención. No fue un largo discurso. Fueron unas pocas preguntas que, para muchos, resumieron un debate que Uruguay viene teniendo desde hace años. ¿El esfuerzo solo lo tiene que hacer el Estado? ¿Se les pidió un esfuerzo a los médicos capitalizadores? ¿A los acreedores? ¿A los prestamistas? ¿O solamente papá Estado tiene que poner la garantía?
Cada vez que una empresa privada atraviesa dificultades económicas, casi siempre aparece el mismo pedido: que el Estado ayude. Que otorgue una garantía, que conceda un préstamo, que aporte recursos o que intervenga para evitar el cierre. Y es lógico que exista preocupación. Cuando una institución importante corre riesgo, también están en juego los puestos de trabajo, las familias que dependen de ella y los servicios que presta. Pero también vale hacerse otra pregunta: ¿el esfuerzo tiene que recaer únicamente sobre toda la sociedad?
Porque el Estado no fabrica dinero. El Estado administra el dinero que aportan los ciudadanos a través de los impuestos. Cada peso que sale del Estado pertenece, en realidad, a miles de uruguayos que trabajan todos los días. Por eso, antes de pedir ayuda pública, muchos entienden que también debería haber un compromiso de quienes forman parte de esas instituciones. Si hay médicos capitalizadores, accionistas, acreedores o prestamistas, parece razonable preguntarse si todos están haciendo un esfuerzo para superar la crisis.
En distintas épocas, el Estado ha intervenido para respaldar bancos, empresas de transporte, instituciones de salud, industrias y otras actividades consideradas importantes para el país. En algunos casos esas decisiones evitaron consecuencias mayores; en otros, generaron fuertes discusiones sobre si era justo utilizar recursos públicos para resolver problemas privados.
También existen situaciones completamente distintas, donde la intervención estatal tiene un claro objetivo social. Un ejemplo son los beneficios especiales para los trabajadores rurales zafrales, como los arrancadores de naranjas de Salto y Paysandú, que durante varios meses del año quedan sin empleo por la propia naturaleza de la actividad. Allí el apoyo llega directamente a las familias y no a una empresa.
Una cosa es proteger a un trabajador que pierde su ingreso y otra muy distinta es respaldar económicamente a una institución privada sin saber si todos los involucrados asumieron primero su propia responsabilidad. Nadie quiere que una empresa cierre ni que se pierdan fuentes laborales. Eso sería una mala noticia para cualquier país. Pero tampoco parece justo que el Estado sea siempre el primero en aparecer con la solución mientras otros continúan exactamente igual.
Las palabras del diputado Federico Casaretto no solucionan el problema del CASMU. Pero sí abren una discusión que merece ser escuchada. Porque cuando el Estado sale al rescate, no lo hace con dinero propio. Lo hace con el esfuerzo de millones de uruguayos. Y quizás la pregunta más importante sea esta: antes de pedirle un nuevo esfuerzo a toda la sociedad, ¿ya hicieron el suyo quienes forman parte de la institución que hoy necesita ser salvada? Ese es un debate que vale la pena dar, no solo por el CASMU, sino cada vez que el Estado es llamado a convertirse en el garante de una crisis privada.