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Los resultados de las pruebas PISA 2025 permiten, después de largo tiempo, ver la educación en el Uruguay con más optimismo. En ciencias, el área foco de esta edición, Uruguay alcanzó 444,5 puntos. El mejor resultado histórico desde que participa en las pruebas, muy por encima de los 416 puntos de 2012. No es un dato menor: esta mejora llega justo cuando el promedio de los países de la OCDE cayó. Uruguay se ubicó entre el pequeño y selecto grupo de sistemas educativos que logró mejorar en plena crisis global post pandemia. A nivel regional, Uruguay volvió a ubicarse en la cima de América Latina: primero en ciencias y matemática, segundo en lectura, apenas detrás de Chile.

Es cierto que las diferencias con Chile son mínimas y no alcanzan para hablar de una superioridad. Pero el mensaje es contundente: en una región golpeada todavía por la pandemia, Uruguay mantiene, y en ciencias mejora, posiciones de privilegio. Ese dato positivo no debe hacernos perder de vista lo que pasa con matemática y lectura, donde Uruguay retrocedió. En Matemática obtuvimos 404,9, el peor registro de nuestra serie histórica. En Lectura 423,2, catorce puntos por debajo del máximo de 2015. Esto es preocupante. Pero conviene mirar ese retroceso en el contexto mundial.

El mundo, y en particular los países más ricos de la OCDE, no logró recuperarse del desplome que produjo la pandemia y retrocedieron en su mayoría. Los alumnos de 15 años de hoy rinden, en promedio, como rendían los de 14 años hace apenas una década. La caída en lectura, lejos de detenerse, se acelera. Y la brecha entre los estudiantes de mejor y peor desempeño es la más amplia jamás registrada por PISA.

Obviamente que mal de muchos es consuelo de tontos pero ubicar nuestra realidad en la del mundo, incluyendo los países ricos, sirve para comprender y valorar mejor. En ese escenario de derrumbe mundial generalizado hay una excepción: Inglaterra. Obtuvo los mejores resultados. Es bueno ver qué hizo.

Desde hace quince años, los sucesivos gobiernos británicos apostaron por currículos más exigentes y "ricos en contenido", en momentos en que buena parte del mundo prefería discursos vagos sobre habilidades blandas. Endurecieron los exámenes, redujeron el peso de las evaluaciones tipo trabajo en casa, fáciles de copiar y poco confiables, y fortalecieron las inspecciones escolares. El resultado habla por sí solo: hoy se ubica entre los diez mejores sistemas educativos del mundo en las tres disciplinas evaluadas, mejoró en ciencias y mantuvo estables lectura y matemática, mientras casi todo el resto se hundía.

La comparación con Escocia es también reveladora. Hace veinte años los estudiantes escoceses superaban a los ingleses. Hoy rinden peor, pese a un gasto por alumno más alto. Escocia eligió el camino inverso al inglés: currículos más laxos, menor exigencia, menos disciplina en las aulas.  El resultado también habla por sí solo. Y como la pandemia y las pantallas afectaron a ambos países casi por igual, la diferencia sólo puede explicarse por la política educativa que cada uno decidió aplicar.

Ahí está la lección para Uruguay. La mejora en ciencias demuestra que exigir más funciona, incluso en tiempos difíciles. El estancamiento en matemática y el retroceso en lectura demuestran que donde no exigimos, retrocedemos. El camino está probado. No hace falta inventarlo: currículos más ricos en contenido, mayor exigencia en las aulas, y evaluaciones más rigurosas y con más peso real en la trayectoria de cada estudiante. Inglaterra lo hizo a contramano del mundo, y hoy cosecha los resultados.

Un buen ejemplo a seguir.

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