A los 70 años /
Un docente salteño desafió la Cordillera y celebró la vida a caballo
Lejos de cualquier festejo convencional, el docente salteño Ramón Rosconi eligió una forma poco común y profundamente simbólica de celebrar sus 70 años: internarse durante cinco días en la Cordillera de los Andes y cruzarla a caballo, alcanzando alturas de hasta 4.400 metros sobre el nivel del mar. La experiencia, compartida junto a su hijo Luciano, fue mucho más que una travesía física; se transformó en un recorrido interior cargado de emociones, historia y aprendizaje.
La iniciativa nació como un obsequio familiar, pensado por sus hijos como una manera de honrar una vida marcada por la docencia y el compromiso. El viaje se concretó entre el 15 y el 19 de enero y tuvo como punto de partida el Manzano Histórico, en la provincia de Mendoza, un sitio emblemático vinculado a la epopeya libertadora del general José de San Martín. Desde allí comenzó el ascenso por antiguos senderos utilizados por arrieros y tropas, siguiendo parte del trayecto del histórico cruce de los Andes.
ENTRE EL RIESGO Y LA CONFIANZA
La caravana estuvo integrada por jinetes y caminantes, acompañados por guías locales que conocen cada pliegue de la montaña. Los caminos, estrechos y exigentes, obligaron a una concentración permanente. Rosconi relató que hubo tramos en los que el silencio era casi obligatorio: de un lado, el vacío; del otro, la pared rocosa. En esos momentos, la seguridad dependía tanto de la firmeza de las riendas como de la destreza de los caballos de montaña.
El cuerpo también pasó factura. Durante la primera noche, ya a más de 3.400 metros de altura, el docente sufrió los efectos del mal de altura. El acompañamiento cercano de su hijo y la solidaridad del grupo —integrado por participantes de Uruguay y Argentina, de distintas profesiones— fueron claves para superar el momento y continuar el ascenso hasta el punto más alto del recorrido.
POSTALES DE UNA NATURALEZA INTACTA
El esfuerzo se vio recompensado con escenas que quedaron grabadas en la memoria del grupo. Cóndores planeando en silencio sobre las cumbres, guanacos cruzando a la distancia y ríos de deshielo de aguas cristalinas formaron parte del paisaje cotidiano. Incluso hubo lugar para rituales poco habituales, como breves baños en ríos helados, siempre respetando las normas ambientales que prohíben el uso de productos contaminantes.
Las noches, bajo un cielo despejado y sin contaminación lumínica, ofrecieron otro tipo de espectáculo. Luciano Rosconi destacó la intensidad de esos momentos: un firmamento tan cercano que parecía al alcance de la mano, con estrellas fugaces cruzando constantemente la oscuridad.
EMOCIÓN EN LA FRONTERA
El punto más conmovedor del viaje se vivió al llegar al Portillo Chileno, en el límite entre Argentina y Chile. Allí, frente a las banderas y con la conciencia de haber completado una travesía cargada de significado histórico —a más de dos siglos del cruce sanmartiniano—, las emociones afloraron sin filtros. Abrazos, lágrimas y silencios compartidos sellaron el cierre de una experiencia única.
La travesía concluyó con gestos simples pero cargados de simbolismo: comidas compartidas al aire libre, historias alrededor del fogón y un obsequio especial de los arrieros, una herradura de vaca que evocaba las antiguas rutas del ganado en la región.
Para Ramón Rosconi, el cruce de la Cordillera fue mucho más que una aventura extrema. Fue una confirmación de que los sueños no tienen fecha de vencimiento y de que, frente a la inmensidad de la montaña, el ser humano puede sentirse pequeño, pero también profundamente vivo.