Esfuerzo, talento y desilusión /
Miguelito y la inclusión que no llega
En Salto muchos lo conocen simplemente como Miguelito. Su nombre es Miguel Silveira, tiene 22 años y una sonrisa que antecede a cada palabra. Es extrovertido, respetuoso, abierto al diálogo y dueño de una educación que conmueve. Quienes se cruzan con él no lo recuerdan por su discapacidad visual, sino por su don de gente, su permanente voluntad de superarse y una sensibilidad que se expresa tanto en la conversación como en la música. Miguel es ciego desde su nacimiento. Sin embargo, desde los 4 años eligió —o más bien decidió— no quedarse quieto. Estudió escuela, liceo, UTU, realizó cursos virtuales en el país y en el exterior, incluso en universidades extranjeras, siempre con la convicción de que el conocimiento es una herramienta de libertad. A ese camino académico le sumó otra de sus grandes pasiones: la música.
El piano como voz y refugio
Desde hace años Miguel se forma como músico y hoy es un destacado estudiante de piano del Conservatorio Departamental de Música. No solo estudia: toca, interpreta, se presenta en público y emociona. Su talento ha quedado demostrado en varios conciertos, siempre con humildad y agradecimiento. Especial mención hace de su docente, el propio director del Conservatorio, Mario Torres, a quien Miguel no duda en reconocer por su generosidad y apoyo constante.
Pero el camino no es sencillo. En diálogo con el periodista de La Prensa, Jorge Pignataro, Miguel explicó una de las grandes barreras invisibles que enfrentan las personas ciegas que desean estudiar música en Salto: la falta de partituras en braille. “Eso me obliga a apostar mucho más a la práctica y a la memoria”, contó, sin queja, como quien ya aprendió a convertir la dificultad en desafío.
Cuando la inclusión se queda en el discurso
Sin embargo, el momento más sensible de la conversación llegó al hablar de inclusión laboral. Allí la voz se volvió más seria, no por enojo, sino por una tristeza difícil de disimular. Miguel relató una experiencia que lo marcó profundamente. El año pasado fue convocado desde la Junta Departamental de Salto. Le hablaron de trabajo, de oportunidades, de inclusión. Lo hicieron concurrir, conocer el lugar, imaginarse parte de un equipo. “Después todo quedó en nada… nunca más me llamaron”, dijo. No hubo explicación, no hubo respuesta. Solo silencio. “Fue una gran desilusión”, resumió.
Para Miguel, la responsabilidad no es de una persona en particular. “La culpa la tiene el sistema”, afirma con una madurez que duele. Y agrega una frase que interpela: “A los jerarcas les diría que de inclusión hagan más y hablen menos”.
Puertas cerradas, dignidad intacta
Lo más impactante es que Miguel no pide privilegios. Ni siquiera exige un puesto asegurado. Dice estar dispuesto a trabajar honorariamente, a modo de prueba, donde sea necesario. “Lo que faltan son oportunidades”, repite. Las puertas, sin embargo, no se abren. Y la inclusión, tantas veces proclamada en discursos oficiales, parece desvanecerse cuando llega el momento de actuar.
Mientras tanto, Miguel sigue. Camina la vida con la frente en alto, sosteniendo su formación, su talento y su honestidad. No se victimiza, no baja los brazos, no pierde la fe en que algún día las palabras se transformen en hechos.
Su historia no es solo la de un joven ciego con talento musical. Es el espejo de una sociedad que aún tiene una deuda pendiente con la inclusión real. Esa que no se declama, sino que se construye con oportunidades concretas, respeto y coherencia. Miguelito sigue tocando el piano. Y cada nota, sin decirlo, recuerda que la verdadera discapacidad no es no ver, sino no querer ver.
Comentarios potenciados por CComment