Idiotas
El pensador italiano Umberto Eco (1932-2016), uno de los intelectuales más influyentes del siglo XX. Profesor de la Universidad de Bolonia y autor de la célebre novela El nombre de la rosa (1980), dedicó buena parte de su obra a estudiar la comunicación, la cultura de masas y el modo en que circula el conocimiento en la sociedad contemporánea.
Hacia el final de su vida, Eco lanzó una advertencia que se volvió célebre: las redes sociales —decía— habían otorgado voz a “legiones de idiotas”. Antes, explicaba, esas personas hablaban en el bar después de una copa de vino y sus opiniones no dañaban demasiado a la comunidad. Hoy, en cambio, Internet les concede la misma visibilidad y autoridad que a especialistas, académicos o premios Nobel.
Eco describía este fenómeno como una “invasión de los necios”. Su preocupación era clara: en un espacio sin filtros ni jerarquías de conocimiento, lo trivial, lo falso o lo estridente puede circular con la misma fuerza que la información rigurosa. En ese contexto, advertía, el “tonto del pueblo” termina convertido en supuesto portador de la verdad, mientras el sensacionalismo y la indignación permanente generan clics y multiplican la desinformación.
Lionel Messi visitó la Casa Blanca
Las últimas horas en las redes sociales parecen confirmar la intuición del intelectual italiano. La razón es conocida: el astro argentino Lionel Messi visitó la Casa Blanca junto al plantel del Inter Miami CF, que fue recibido por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en una ceremonia oficial tras conquistar la MLS Cup 2025. El encuentro forma parte de una tradición deportiva estadounidense: los equipos campeones suelen ser invitados a la Casa Blanca para celebrar sus logros. Sin embargo, bastó una fotografía del capitán argentino junto al mandatario para que se desatara una avalancha de comentarios indignados. De la noche a la mañana, para muchos usuarios de redes, Messi pasó de ser un deportista ejemplar a un personaje censurable.
Los “idiotas” de Eco entraron en acción.
Algunos fueron incluso más lejos y, en un intento por embarrar la cancha, compararon la escena con la figura de Diego Maradona. El argumento, repetido hasta el cansancio, es tan simple como absurdo: Messi sería reprobable por aparecer en una foto con Trump, mientras que Maradona seguiría siendo admirable pese a sus abrazos con líderes autoritarios como Fidel Castro, Hugo Chávez o Nicolás Maduro.
...más fanatismo que reflexión
El relato, reducido a su esencia, queda así: Messi es malo porque se saluda con Trump. Maradona es bueno porque se fotografiaba con caudillos “revolucionarios”. La incoherencia es evidente. Nadie discute que tanto Maradona como Messi han sido futbolistas extraordinarios. Ambos pertenecen a la élite absoluta del deporte y sus hazañas quedarán para siempre en la historia del fútbol. Pero intentar convertir una simple foto protocolar en un juicio moral definitivo revela más fanatismo que reflexión.
Invitado como capitán de su club
Conviene recordar un hecho elemental: Messi no acudió a la Casa Blanca en calidad de militante político, sino como capitán de su club, invitado a una ceremonia oficial tras un campeonato. Pretender que un deportista se transforme en símbolo político por cumplir con una tradición institucional es, como mínimo, una exageración.
En el ecosistema digital
La reacción desmesurada que siguió a esa fotografía dice mucho menos sobre Messi que sobre quienes lo atacan. Refleja una época dominada por la indignación instantánea, donde cada gesto público es interpretado como una declaración ideológica definitiva. Ahí es donde vuelve a resonar la advertencia de Umberto Eco. En el ecosistema digital, donde el ruido suele imponerse a la reflexión, las opiniones más estridentes circulan con facilidad y terminan dictando el tono del debate público.
... cuando la inteligencia queda sepultada bajo ruido
Por eso no sorprende que la discusión sobre uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos haya degenerado en una catarata de insultos, comparaciones absurdas y simplificaciones ideológicas. Eco lo anticipó con claridad: cuando la conversación pública se llena de necios convencidos de tener razón absoluta, la inteligencia queda sepultada bajo el ruido. Y en ese ruido —el de la intolerancia, el fanatismo y la hipocresía— los verdaderamente execrables no son los deportistas que posan para una foto, sino quienes convierten cualquier imagen en una excusa para odiar.