La creciente de 1959 /
Los recuerdos de Daniel Schiavi sobre una de las mayores inundaciones de Salto
La creciente de abril de 1959 permanece en la memoria de Salto como uno de los episodios más dolorosos de su historia. A más de seis décadas de aquel acontecimiento, Daniel Schiavi reconstruye, desde sus recuerdos de infancia, cómo el avance del río transformó la vida de numerosas familias, obligó a evacuar viviendas y puso a prueba la solidaridad de los vecinos.
En una entrevista en el Streaming de Diario La Prensa, repasó aquellos días que dejaron huellas materiales y emocionales, pero también enseñanzas que perduraron con el paso del tiempo.
Schiavi recuerda que su familia se había mudado a la calle Zorrilla 161 durante la segunda quincena de diciembre de 1958. Apenas unos meses después, a mediados de abril del año siguiente, debieron enfrentar una situación inesperada. Tras varios días de lluvias torrenciales, especialmente intensas en las últimas jornadas, el río comenzó a avanzar hasta alcanzar niveles extraordinarios, con una marca que, según recuerda, se ubicó entre los 18,20 y los 18,30 metros.
“Fue un hecho que marcó a toda una generación”. Su padre, preocupado por lo que podía suceder, había dejado una señal en el frente de la vivienda, sobre el cordón de la vereda, utilizando una maceta y un cortafierro. Esa marca todavía existe y permanece como testimonio de la magnitud que alcanzó el agua.
Una mudanza contrarreloj para salvar las pertenencias
Uno de los recuerdos vívidos de Schiavi tiene que ver con la rapidez con la que debieron actuar para proteger sus pertenencias. Una tarde, su padre lo llevó al colegio y luego se dirigió a su trabajo en el Banco Comercial. En ese momento, el agua recién comenzaba a aparecer por la esquina de las calles 19 de Abril y Zorrilla.
Cuando su padre regresó, alrededor de las cuatro de la tarde, la creciente ya estaba entrando en el garaje de la casa. Junto a su compañero de trabajo Perucho Belcheri, llegó en una camioneta prestada para comenzar a retirar ropa, electrodomésticos y otros objetos. Parte de las pertenencias fue trasladada a la casa de sus abuelos maternos, en la calle Rivera, mientras que los muebles encontraron resguardo en otro lugar.
En medio de la tensión, ocurrió una anécdota que Schiavi recuerda con humor. Durante uno de los viajes, Belcheri detuvo la camioneta y, cuando fueron a buscar una caja para cargarla, el vehículo ya no estaba: se había deslizado por la pendiente y había quedado dentro del agua. Finalmente, debió intervenir personal de la Intendencia para ayudar a retirarlo.
La familia también recibió una advertencia. Un funcionario municipal les recomendó sacar puertas y ventanas, porque la presión del agua podía romper los vidrios. Tomaron esa precaución y lograron evitar daños mayores en el interior de la vivienda. Según relata Schiavi, el agua ingresó al garaje y al fondo de la casa, pero no llegó a penetrar en todos los ambientes. Unos centímetros más de nivel habrían cambiado radicalmente el resultado.
Un barrio transformado por el agua
La inundación modificó el paisaje cotidiano. Schiavi recuerda haber visto víboras de distintos tamaños en las esquinas de Zorrilla, Julio Delgado y 19 de Abril. También evoca un mono que permaneció durante días en la copa de un árbol cercano a los antiguos galpones de AFE.
En otras viviendas, los vecinos debieron trasladar sus pertenencias a los pisos superiores. Fue el caso de Tito Dominique, quien tuvo que retirar objetos y lana de su casa ante el avance del agua. Las huellas de aquella creciente quedaron visibles en paredes y construcciones, incluso en sectores donde la humedad todavía permite distinguir hasta dónde llegó el río.
El barrio conservó, buena parte de su identidad. Schiavi destaca que muchas de sus calles y edificaciones se mantienen prácticamente intactas, aunque el entorno haya cambiado con el paso de los años.
La dimensión humana y económica de la inundación
Más allá de las anécdotas, Schiavi subraya que el mayor impacto de 1959 estuvo en la cantidad de personas afectadas. Estima que más de 200 familias, con todos sus integrantes, tuvieron que abandonar sus hogares. Entre los lugares utilizados para albergar a los desplazados estuvieron el hipódromo y los galpones donde se realizaba la exposición.
La retirada del agua tampoco significaba el final del sufrimiento. Después de cada inundación, las familias debían limpiar, desinfectar, pintar y ventilar sus viviendas antes de regresar. A eso se sumaban los muebles perdidos, las roturas y los gastos de recuperación, que golpeaban con fuerza la economía doméstica.
En comparación con aquella época, Schiavi considera que hoy existe una mayor coordinación entre los organismos que intervienen durante las emergencias. La Intendencia, el Ejército, Bomberos y la Policía participan en los operativos de asistencia. Sin embargo, advierte que la experiencia sigue siendo profundamente traumática para quienes deben dejar sus casas y enfrentar la incertidumbre de no saber cuándo podrán regresar.
La solidaridad como refugio y memoria
En aquellas dos cuadras de la calle 19 de Abril, entre Joaquín Suárez y Julio Delgado, vivía una numerosa barra de niños de edades similares. Con el tiempo, ese grupo se convirtió en una red de apoyo para el vecindario. Cuando llegaron otras crecientes, sus integrantes ya conocían las dificultades y colaboraban con los vecinos para sacar muebles y, posteriormente, devolverlos a sus hogares.
Para Schiavi, esa capacidad de ayudarse mutuamente es una de las enseñanzas más importantes que dejó la experiencia. Recordar 1959 permite comprender que Salto ha convivido históricamente con las inundaciones y que, frente a ellas, la respuesta colectiva puede aliviar parte del sufrimiento.
Su testimonio también recupera la vida cotidiana de un barrio que tenía comercios, una plaza, el Hotel Viaceti y espacios de encuentro que formaban parte de la identidad local. Entre esos recuerdos aparecen los partidos de fútbol, las actividades de carnaval y las iniciativas de los niños para recaudar fondos y colocar iluminación en la plazoleta.
La creciente de 1959 dejó pérdidas, miedo y marcas imborrables. Pero, en la memoria de Daniel Schiavi, también permanece la imagen de una comunidad que encontró en la solidaridad una forma de resistir.