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La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo. Esta sentencia de Paulo Freire resuena hoy con una urgencia particular ante la crisis que atraviesa nuestra educación formal. Tras más de dos décadas de labor cotidiana en ámbitos de educación no formal, donde el vínculo pedagógico y el esfuerzo personal son el corazón del trabajo, observó con profunda inquietud cómo el sistema educativo formal uruguayo se aleja de su propósito fundamental. Nos enfrentamos a una estafa silenciosa, casi invisible, cuyos efectos son devastadores para el tejido social de nuestra nación.

La Resolución 3009/25 de la ANEP es un síntoma claro de esta decadencia: representa una inversión de los principios que deberían sostener la enseñanza pública. En lugar de jerarquizar la formación docente, la diluye; en lugar de reconocer el mérito, lo relativiza. Esta confusión entre experiencia y formación sistemática es un grave error conceptual que debilita el valor del estudio. Como bien señalaba Freire, el sistema educativo pierde calidad cuando se convierte en un mecanismo de domesticación, impidiendo a los estudiantes comprender su realidad y perpetuando su marginación.

Hoy, la escuela pública está dejando de ofrecer esa oportunidad de movilidad social que fue el orgullo del Uruguay. Se eliminan el esfuerzo y el rigor en nombre de una "inclusión" mal entendida, vulnerando el derecho genuino del alumno a aprender. La respuesta institucional ante las dificultades pedagógicas ha sido mover la meta hacia adelante, flexibilizando criterios de alfabetización y promoción, en lugar de reforzar los apoyos. Freire nos advertía que una educación que no problematiza la realidad, sino que se limita a depositar información o a adaptarse a las injusticias, se convierte en un obstáculo para el desarrollo personal y social. Al no fomentar el pensamiento crítico, terminamos graduando sujetos que carecen de las herramientas para ser arquitectos de su propio destino.

Regalar la promoción o devaluar los títulos es una estafa que perjudica, fundamentalmente, a los hijos de la clase trabajadora. Mientras los sectores acomodados cuentan con estrategias de respaldo, para los más vulnerables, el mérito y el saber acumulado eran su único pasaporte para romper los techos de cristal. Cuando el Estado no distingue entre la excelencia profesional y la improvisación, envía un mensaje desolador: el rigor ya no es un valor, sino una opción prescindible. Defender la calidad es defender la democracia misma. Debemos recordar siempre que: “La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo.”. 

Solo a través de una educación que exija, que desafíe y que profesionalice a sus docentes, podremos recuperar la promesa de una sociedad que cree, con pasión y responsabilidad, en el futuro de sus hijos. Por el maestro Facundo Molina.

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