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Hoy en el marco del Día Internacional del Síndrome de Down, que se celebra cada 21 de marzo, la historia de Martina Severi se convierte en un ejemplo concreto de inclusión, autonomía y construcción de identidad. Con 21 años, Martina no solo reivindica con orgullo su condición, sino que también destaca la importancia del trabajo, la familia y la amistad en su vida cotidiana.

Durante una entrevista en el streaming de Diario La Prensa, Martina compartió su experiencia con una naturalidad que interpela y emociona. “Para mí el Síndrome de Down significa mucho. Es algo único, algo especial que tengo”. Su mirada se aleja de los estigmas y pone el foco en la aceptación y en el valor personal, “Tener un cromosoma de más no me hace ver muy distinta a los demás, pero es algo importante que tengo adentro”.

El valor de una fecha que invita a reflexionar

El Día Internacional del Síndrome de Down no es solo una conmemoración simbólica, sino también una oportunidad para visibilizar realidades y promover derechos. Martina lo vive como una celebración colectiva, cargada de actividades y encuentros.

Según relató, la jornada incluirá propuestas recreativas y culturales, clases de zumba, música y la proyección de un corto sobre la amistad. No es casual que este último tema tenga un lugar central. Para ella, los vínculos son fundamentales: “La amistad es importantísima, es como un tesoro. Hay que cuidar a los amigos, respetarlos, tienen mucho valor”.

En sus palabras se percibe una comprensión profunda de lo esencial, la inclusión no pasa solo por el acceso a espacios, sino por la calidad de las relaciones que se construyen en ellos.

El trabajo como espacio de pertenencia

Uno de los pilares más importantes en la vida de Martina es su trabajo en un centro médico, donde en mayo de 2026 cumplirá tres años. Lejos de describirlo únicamente como una obligación, lo define “Mi trabajo para mí es todo”.

Allí desarrolla diversas tareas, especialmente en el área de fisioterapia. Entre sus responsabilidades se encuentran preparar materiales como gel y alcohol, limpiar superficies y colaborar con el equipo profesional. Aunque las tareas pueden parecer simples, su relato revela el valor que tienen en su día a día y en su sentido de autonomía.

Pero más allá de lo operativo, lo que realmente destaca es el vínculo con sus compañeros. “Los amo mucho”, repite al recordar los gestos de afecto que ha recibido, como regalos de cumpleaños y muestras constantes de apoyo. Esa experiencia transforma el ámbito laboral en algo más profundo, “Para mí es como una familia”.

La idea de “segunda familia” aparece reiteradamente, y no es menor. En contextos donde la inclusión laboral aún enfrenta desafíos, el testimonio de Martina evidencia que el trabajo puede ser también un espacio de integración genuina.

Un comienzo lleno de emoción

El recuerdo de su primer día laboral sigue intacto. Martina lo describe como “inolvidable” y hasta “gracioso”, en medio de la incertidumbre de no saber si sería seleccionada. La entrevista inicial, con dos personas evaluándola, marcó un momento clave.

“Yo no sabía si me iban a elegir, pero me quedé muy feliz”. Esa mezcla de nervios y expectativa se transformó rápidamente en alegría, al confirmar que formaría parte del equipo.

Ese primer paso no solo implicó acceder a un empleo, sino también abrir una puerta hacia la independencia, la confianza y el reconocimiento social.

La familia, el sostén fundamental

Si el trabajo ocupa un lugar central, la familia es el núcleo que sostiene todo lo demás. Martina no duda en destacar especialmente a su madre: “Hace todo por mí, es una mujer muy valiosa”. La emoción aparece al hablar de ella, reflejando un vínculo profundo y cercano.

También menciona a su padre, a sus hermanos Pablo y Agustín y a su cuñada, Belén. Todos forman parte de una red afectiva que la acompaña y la impulsa. “Mi familia es muy importante”.

Este entramado familiar no solo brinda contención emocional, sino que también refuerza su desarrollo personal y su confianza para enfrentar nuevos desafíos.

Inclusión que se vive, no que se declama

La historia de Martina permite pensar la inclusión más allá de los discursos. Su vida cotidiana muestra que es posible construir espacios donde las personas con síndrome de Down participen activamente, trabajen, se desarrollen y sean valoradas.

Lejos de una mirada asistencialista, su testimonio refleja autonomía, compromiso y alegría. También evidencia el impacto positivo que tienen los entornos laborales y sociales cuando se basan en el respeto y la empatía.

Al cierre de la entrevista, Martina eligió agradecer. A su familia, a sus compañeros de trabajo, al área de recursos humanos y a todas las personas que la reciben “con alegría y cariño”. Ese reconocimiento no es solo un gesto, sino también una forma de visibilizar lo que funciona y debería multiplicarse.

Una historia que invita a mirar distinto

En un contexto donde aún persisten prejuicios, relatos como el de Martina Severi invitan a replantear miradas. Su forma de entender el síndrome de Down como algo “único” y “especial” no niega las dificultades, pero las integra dentro de una identidad positiva.

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