Pese a todo… /
La magia de los Reyes Magos sobrevive
Y pasaron los Reyes. Y con ellos, como cada año, se fue también una parte de esa magia silenciosa que solo la infancia sabe custodiar sin hacer ruido. Para muchos, la noche de Reyes sigue siendo uno de los recuerdos más entrañables de la niñez: esa vigilia interminable, poblada de ilusiones, zapatos alineados con cuidado y una ansiedad dulce que hacía imposible conciliar el sueño. Era la espera de lo extraordinario, la certeza infantil de que algo maravilloso estaba por ocurrir.
Este 6 de enero volvió a celebrarse el tradicional Día de Reyes —o Día de los Niños, como se lo denomina oficialmente en nuestro país—, una fecha que todavía genera un movimiento comercial necesario y deseable, aunque distante del esplendor de décadas pasadas. No sorprende: los tiempos han cambiado y también los rituales. Los Reyes Magos, esos visitantes nocturnos cargados de misterio, han sido lentamente desplazados de su lugar simbólico por la figura globalizada y marketinera de Papá Noel. La estrella parece brillar un poco menos, no porque haya desaparecido, sino porque compite con luces más estridentes.
Más allá de lo comercial, el Día de Reyes tiene un profundo contenido espiritual. También llamado Epifanía del Señor, conmemora la primera manifestación de Jesús al mundo pagano, representado en la tradición por Melchor, Gaspar y Baltazar. Guiados por la estrella de Belén, llegaron hasta la humilde cuna del Salvador con regalos tan simples como cargados de significado. Aunque las Escrituras ofrecen pocos detalles sobre ellos, sus nombres quedaron inmortalizados siglos después en el Liber Pontificalis, donde se los identifica como reyes de Persia, India y Arabia o Etiopía, sabios más que magos, viajeros del conocimiento y la fe.
Oro, incienso y mirra: presentes extraños para un recién nacido, pero profundamente simbólicos. El oro reconoce la realeza; el incienso, la divinidad; la mirra, la humanidad y el destino mortal. En esos dones se condensa una verdad que trasciende el tiempo y las modas: la identidad de Jesús como rey, Dios y hombre.
Quizás hoy los Reyes pasen más rápido. Pero siguen ahí, en la memoria colectiva, en el eco de una infancia que se resiste a desaparecer. Y mientras haya un niño que espere, una estrella que se busque en el cielo o un adulto que recuerde con nostalgia, la magia —aunque melancólica— seguirá viva.
Comentarios potenciados por CComment