¡Viva Venezuela!
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Por Leonardo Vinci
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joselopez99@adinet.com.uy
La caída de Nicolás Maduro ha encendido una chispa de esperanza que recorre el planeta de la mano de los ocho millones de venezolanos dispersos por el mundo. La diáspora —que es consecuencia y testimonio de la tragedia humanitaria vivida en el país caribeño— recibió la noticia con lágrimas, abrazos y una expectativa serena: que esta vez sí se abra un futuro posible.
Dentro de Venezuela, la reacción fue igualmente contundente. La enorme mayoría de una población exhausta, sometida durante años a una dictadura ejercida “a sangre y fuego”, celebró una intervención militar que, con todos sus riesgos y dilemas, abrió una puerta real para poner punto final a un régimen que parecía inamovible. No se celebra la guerra, se celebra que, por primera vez en mucho tiempo, el miedo dejó de ser el único horizonte.
La Dictadura venezolana de Maduro
No se trata de exageraciones retóricas. La dictadura que encabezó Maduro le quitó libertades al pueblo, persiguió, encarceló, torturó y asesinó. Desconoció la voluntad popular expresada en las urnas y empobreció a una sociedad entera, llevándola a niveles de privación impensables para un país dueño de vastas riquezas. Ante los ojos del mundo, la represión se volvió norma y el exilio, destino obligado.
No intervención y autodeterminación
Es cierto que países como Uruguay han defendido históricamente los principios de no intervención y autodeterminación de los pueblos. Son convicciones hondas, nacidas de la experiencia de naciones pequeñas que saben lo que significa la intromisión de potencias y el peso de la geopolítica. Sin embargo, como bien señalaba Óscar Bottinelli, es dudoso hablar de autodeterminación cuando un pueblo está sometido por un régimen de fuerza. ¿Puede autodeterminarse quien vive bajo la mordaza, la cárcel o el exilio?
Neutralidad puede ser complicidad
La analogía doméstica ayuda a comprender. A nadie le agrada que un vecino entre a su casa a resolverle los problemas. Pero si desde esa casa se escuchan pedidos de auxilio, golpes y gritos, y si quienes están adentro carecen de medios para defenderse, la indiferencia deja de ser virtud y puede convertirse en complicidad. La intervención no es entonces una intrusión caprichosa, sino la respuesta —discutible, sí, pero humana— al clamor de quienes ya no podían más.
¿Qué podía hacer ese pueblo sufrido? ¿Enfrentar tanques con palos y piedras? La asimetría entre un aparato represivo profesionalizado y una ciudadanía desarmada era evidente. La intervención extranjera, liderada por Estados Unidos y acompañada por una presión internacional sostenida, no resuelve por sí sola el problema venezolano; pero abrió una coyuntura inédita para que la tiranía negocie su salida y para que se inicie una transición que no puede demorarse un día más.
Maduro tuvo oportunidades de rectificar y optar por una salida democrática. Las dejó pasar. Hoy, los responsables del régimen todavía disponen de una última oportunidad: facilitar un proceso ordenado, liberar a los presos políticos —una amnistía plena que debería abrir de inmediato las puertas de las cárceles— y permitir que los venezolanos vuelvan a ser dueños de su destino a través de elecciones libres y garantías efectivas.
Nada está ganado todavía. La reconstrucción institucional, económica y social será larga y compleja. Pero hoy Venezuela amanece distinta. Entre los que se fueron y los que resistieron adentro, hay un hilo común que vuelve a tensarse: la esperanza. Ojalá esta pesadilla termine y se cierre por fin el ciclo de una de las dictaduras más sangrientas de la región. El “principio del fin” ya comenzó; que el final sea, al fin, la libertad.
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