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La Casa Blanca diseñó una peculiar estrategia de negociación con Irán: Donald Trump levantaría sanciones y facilitaría la inserción del régimen chiíta en la economía global, si cumple con ciertas metas establecidas de antemano por Washington. Trump podría poner a disposición de los ayatollahs un fondo de 300 mil millones de dólares para reconstruir Irán, si Irán cancela su programa nuclear destinado a construir la bomba atómica y suspende la constante ayuda económica a los grupos terroristas que asolan a Medio Oriente.

En este contexto, los términos de la negociación final entre Trump y Mojtaba Khamenei -líder religioso iraní- se apoyan en una perspectiva subjetiva sobre los asuntos a dirimir.

El presidente de los Estados Unidos exige que Teherán licue la capacidad bélica del uranio que esconde en las montañas, y que desmantele toda la infraestructura tecnológica -centrifugadoras, por ejemplo- que le permitiría detentar un arsenal nuclear.

Esa pretensión explícita de Trump fue trasmitida a funcionarios iraníes que responden al líder Khamenei y a la Guardia Revolucionaria, los dos factores de poder más importantes del régimen.

JD. Vance -vicepresidente de los Estados Unidos-, Steve Witkoff -enviado especial para Medio Oriente- y Jared Kushner -yerno presidencial- se mostraron satisfechos con las respuestas de la nomenclatura iraní cuando presentaron las exigencias puntuales de Trump.

 

 

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