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El Papa como mediador, mientras en casa siguen esperando

Mientras el gobierno intenta ordenar su propia agenda, apareció un nuevo desafío internacional. Y no es precisamente menor. La llegada del papa León XIV entusiasma a algunos, preocupa a otros y, para ciertos sectores del oficialismo, parece abrir una oportunidad política bastante mayor que la de una simple visita religiosa. Hay quienes imaginan a Yamandú Orsi recibiendo al Pontífice en el aeropuerto, como lo hizo Julio María Sanguinetti con Juan Pablo II. Otros directamente piensan en una agenda que incluya a los tres poderes del Estado. Aquí aparece la primera contradicción: un gobierno que reivindica la laicidad parece dispuesto a convertir la visita del Papa en un acontecimiento institucional de primer nivel. La explicación, pasa por el carácter de jefe de Estado del Vaticano. La política, sin embargo, siempre encuentra una segunda lectura. Y Orsi agregó otra cuota de expectativa al afirmar que el Papa “puede dar una mano” para acercar posiciones entre Javier Milei y Lula da Silva. En otras palabras: Uruguay no logra que sus vecinos se pongan de acuerdo y ahora apuesta a que el Papa haga de mediador. No deja de ser una jugada audaz. Aunque también puede ser leída como una señal de que el gobierno necesita interlocutores externos para una pelea en la que Uruguay tiene escaso margen de maniobra.

La interna también pasa por el protocolo

Mientras algunos frenteamplistas parecen competir por ver quién diseña la agenda más ambiciosa para León XIV, desde la oposición ya comenzaron a marcar límites. El colorado Felipe Schipani cuestionó que el anuncio no tuviera el protagonismo del canciller y del nuncio apostólico, recordando que el Pontífice llega también en condición de jefe de Estado. La discusión protocolar esconde algo más profundo: ¿el gobierno está organizando una visita de Estado o intentando capitalizar políticamente una visita religiosa? La respuesta probablemente dependerá de quién consiga imponer la agenda.

La ONU y LA  ilusión de unidad regional

Algo parecido ocurrió con el encuentro regional sobre el futuro liderazgo de Naciones Unidas. Uruguay quiso ofrecerse como escenario de una discusión de alto nivel y proyectar una imagen de articulador regional. El problema apareció cuando hubo que mirar el tablero real. La pretendida candidatura común latinoamericana terminó siendo  una aspiración. Brasil y Uruguay respaldan a Michelle Bachelet, mientras Argentina juega sus propias cartas con Rafael Grossi. Otra vez, la diplomacia uruguaya descubre una vieja dificultad: es mucho más fácil convocar a los países a una mesa que conseguir que se sienten del mismo lado. Y para un gobierno que pretende recuperar protagonismo internacional, la división regional no es precisamente una buena noticia.

Milei y Lula: la pelea que Uruguay no puede ordenar

El enfrentamiento entre Milei y Lula es una de las mayores preocupaciones de la semana. Orsi observa cómo los dos grandes vecinos endurecen sus posiciones y Uruguay queda en el medio. La idea de recurrir al Papa para ayudar a descomprimir la situación puede resultar simpática, pero también desnuda una realidad: Montevideo tiene buenas intenciones, pero no necesariamente poder suficiente para modificar el comportamiento de Buenos Aires o Brasilia. Mientras tanto, el gobierno intenta jugar de componedor. Una tarea difícil cuando los protagonistas de la pelea parecen tener pocas ganas de escuchar consejos.

Y mientras tanto, el PIT-CNT golpea la puerta

Pero si en política exterior hay problemas para ordenar la casa ajena, en política interna tampoco faltan dolores de cabeza. El PIT-CNT vuelve a colocar la reducción de la jornada laboral sobre la mesa y el paro del próximo martes puede ser apenas el comienzo de una presión mucho mayor. El empresariado ya puso sobre la mesa tres palabras que en Torre Ejecutiva deberían encender algunas luces de alarma: competitividad, inversión e inflación. La cuestión es sencilla, aunque políticamente incómoda: reducir horas de trabajo sin aumentar la productividad significa producir menos o encarecer el costo de producir. Y Uruguay no atraviesa precisamente un período de crecimiento explosivo. El gobierno deberá decidir cuánto quiere escuchar al movimiento sindical y cuánto está dispuesto a escuchar a quienes generan empleo e inversión. Porque el problema de fondo no es solamente cuántas horas se trabaja. Es cuánto produce Uruguay en esas horas y qué está dispuesto a hacer el gobierno para que la economía vuelva a crecer.

Una semana de gestos y pocas certezas

Entre el Papa como eventual mediador, una candidatura regional que no consigue unidad, Milei y Lula enfrentados y el PIT-CNT reclamando más protagonismo, Torre Ejecutiva terminó la semana con una agenda demasiado cargada... Porque una cosa es acumular gestos, reuniones, visitas y buenas intenciones. Otra muy distinta es gobernar. Y ahí está, precisamente, el desafío de Orsi: que la política exterior no termine siendo una sucesión de fotografías, que la visita del Papa no se transforme en una disputa protocolar y que la agenda sindical no termine imponiendo el rumbo económico del gobierno.  En definitiva, el problema no parece ser la falta de agenda. El problema es quién conduce la agenda.

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