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El reciente viaje del presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira, a Cuba junto a otros dirigentes de izquierda de América Latina constituye un gesto político que provoca el más profundo rechazo en amplios sectores de nuestra sociedad. No se trata de una simple visita diplomática ni de un intercambio cultural. Es, lisa y llanamente, una señal explícita de respaldo a un régimen que ha hecho de la represión y la negación de libertades su razón de ser durante más de seis décadas.

Bajo el argumento de “reafirmar la solidaridad y el rechazo a la escalada de medidas adoptadas por el gobierno de Estados Unidos en perjuicio de la isla”, la delegación encabezada por Pereira decidió alinearse con un sistema que ha privado a su pueblo de los derechos más elementales. Resulta imposible no advertir la contradicción flagrante entre el discurso de defensa de la soberanía y la realidad cotidiana de los cubanos, sometidos al control férreo del Estado y a la inexistencia de pluralismo político.

Fernando Pereira sostuvo  defender “los derechos del pueblo cubano a decidir su futuro en paz y libre de injerencias externas”

Fernando Pereira sostuvo que su viaje apunta también a defender “los derechos del pueblo cubano a decidir su futuro en paz y libre de injerencias externas”. ¡Cuánto cinismo en esa afirmación! ¿Cómo puede hablarse de libre determinación cuando en Cuba no existe competencia electoral real? ¿Cómo se puede invocar la paz cuando quienes disienten son encarcelados, hostigados o forzados al exilio? ¿Cómo es posible defender a un régimen que prohíbe la existencia de cualquier partido que no sea el oficial, el Partido Comunista de Cuba?

No es propaganda, son hechos

La historia reciente de la isla está marcada por la persecución de opositores, la censura a la prensa independiente y el control absoluto de la economía. Las protestas sociales han sido respondidas con detenciones masivas y juicios sumarios. Las organizaciones de derechos humanos han documentado durante años la situación de presos políticos y las restricciones sistemáticas a la libertad de expresión y de asociación.  Quienes hoy justifican este respaldo del desastre económico hacia el embargo estadounidense. Sin embargo, reducir la tragedia cubana a ese factor externo es una simplificación que no resiste análisis. Antes de la caída del muro de Berlín, el régimen sobrevivió gracias al generoso sostén de la Unión Soviética. Más tarde, encontró alivio en el apoyo de los gobiernos chavistas. La dependencia estructural y la falta de reformas profundas han sido constantes. El resultado está a la vista: escasez crónica, salarios miserables y un éxodo incesante.

Miles y miles de cubanos han arriesgado su vida lanzándose al mar...

en frágiles embarcaciones, enfrentando tormentas y tiburones con tal de alcanzar tierra firme y libertad. Ese drama humano no puede explicarse únicamente por sanciones externas. Es la consecuencia de un modelo que ha empobrecido a su pueblo y que no ofrece horizontes de prosperidad ni de participación política auténtica.

Mientras la tiranía castrista continúe gobernando, los cubanos seguirán sometidos al arbitrio de una cúpula que no tolera la discrepancia. Defender la soberanía de un Estado no puede significar callar ante la opresión de su población. La verdadera solidaridad con el pueblo cubano no consiste en abrazar a sus gobernantes, sino en exigir elecciones libres, respeto a los derechos humanos y apertura política.

Cabe preguntarse: ¿cuándo veremos marchas multitudinarias reclamando el fin del terror castrista? ¿Cuándo se organizarán actos públicos para exigir el derecho de los cubanos a elegir libremente su destino? La coherencia democrática exige denunciar todas las dictaduras, sin importar su signo ideológico. No hay excusas válidas cuando se trata de libertades fundamentales.

El apoyo expresado por el presidente del Frente Amplio a la dictadura comunista constituye una afrenta para quienes creen en la democracia como valor universal. Produce vergüenza que compatriotas que representan a miles de ciudadanos respalden decididamente a uno de los regímenes más longevos y cerrados del continente. La solidaridad auténtica no se proclama junto a los poderosos, sino al lado de los pueblos que luchan por ser libres.

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