AC/DC: el rugido eterno que hizo temblar Buenos Aires
El regreso de una leyenda que se niega a bajar el volumen /
En noche histórica las campanas de AC/DC volvieron a tronar en Buenos Aires
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Por Lic. José Antonio Cardozo
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jacardozo@laprensa.com.uy
Fue una noche épica la de ayer en la capital Argentina, y LA PRENSA estuvo allí. Aún resuena en el pecho. No pasaron ni veinticuatro horas y la sensación sigue ahí, vibrando como un eco eléctrico imposible de apagar. AC/DC volvió a Buenos Aires y convirtió al Estadio Monumental en una caldera de rock and roll ante cerca de 100 mil personas que fueron testigos de algo más que un concierto: una demostración de vigencia, entrega y mística.
La banda australiana, formada actualmente por Brian Johnson (voz), Angus Young (guitarra líder), Stevie Young (guitarra rítmica), Matt Laug (batería) y Chris Chaney (bajo), dejó en claro que su legado no es solo historia: es presente puro. Con integrantes que superan las siete décadas y se acercan a ser octogenarios, AC/DC mostró una energía que desmiente cualquier lógica biológica.
Viejos metaleros
Acudimos al concierto junto al Cr. José Luis “Lucky” Raffo, con quien somos amigos de toda la vida, y con quien descubrí y aprendí a apreciar esta banda, junto a muchas otras que fueron parte de nuestra evolución rockera a lo largo de los años, como Led Zepellin, Black Sabbath y un largo etc.
Honestamente, pensé que íbamos a ver un concierto residual de aquello que quedó grabado de conciertos anteriores, por que la lógica dicta que la biología no perdona, y el nivel de calidad y energía no podían ser iguales. ¡Que equivocado estaba!
100 personas acompañaron a la legendaria banda.
Una descarga de clásicos sin concesiones
Desde los primeros acordes, el show fue una avalancha. Temas como “Back in Black”, “Thunderstruck”, “Highway to Hell” y “You Shook Me All Night Long” encendieron a un público que no necesitó invitación para entregarse por completo. Cada riff de Angus Young, con su ya icónico uniforme escolar, fue celebrado como un ritual colectivo. Sus acordes penetrantes, y el tempo de la batería generaban que el cuerpo y sus extremidades se movieran solas. Simplemente, no podías quedarte quieto, cada tema fue una inyección de adrenalina, una tras otra, y estos “viejitos” no te daban tregua.
Un momento complicado
Hubo momentos que quedaron grabados con fuego. Uno de ellos fue cuando Brian Johnson, visiblemente exigido por el esfuerzo, debió tomarse un par de minutos para recuperar el aliento. Se recostó sobre los parlantes del fondo, tomó aire, bebió agua. Las cámaras dejaron de enfocarlo. Yo lo seguí mirando y su cuerpo encorvado hacia adelante resoplando fuerte con la boca me hicieron pensar que la cosa podía terminar mal. Sin embargo, no hubo pausa real: Angus sostuvo la escena con un solo preciso, casi quirúrgico, mientras el cantante volvía a ponerse de pie. Y siguió. Como si nada. Nadie del equipo se acercó a auxiliarlo, como si hubiera una orden de no interferir, no importa el costo.
Ahí, en ese instante, me quedó claro que AC/DC no es nostalgia, es una banda de tipos que resisten el paso del tiempo, y están dispuestos a dejar la vida arriba del escenario.
Angus Young, el emblemático líder de la banda australiana hizo crujir los cimientos del monumental con sus riffs de guitarra.
El público argentino, protagonista feroz
Si algo distingue a Buenos Aires en el mapa del rock mundial es su público. Y lo volvió a demostrar. Desde los primeros minutos, el “agite” fue una experiencia que debo confesar, da miedo, una masa en ebullición que se movía al ritmo de cada canción. Nunca experimenté esa intensidad, era inútil resistirte a la ola y sus movimientos, o acompañabas o perecías ahí mismo, por que si te llegabas a caer al piso, levantarse iba a ser imposible, tenías que saltar con fuerza y mantenerte arriba. A Lucky Raffo, lo perdí en la primer canción, nos encontramos a la salida, en un punto de encuentro que habíamos predefinido.

Para muchos, incluso habituados a recitales, la intensidad resultó sorprendente. Brazos atrapados entre cuerpos, saltos sincronizados, gritos que parecían surgir desde lo más profundo del alma. Uno podía pensar que en algún punto el hervor podía mermar, pero bueno, esas cosas no suceden en un concierto de AC/DC, todo simplemente, escala hacia arriba.
Ese “punto de hervor” del público argentino —tan mencionado por músicos internacionales— se hizo carne. Y fue, sin dudas, un protagonista más de la noche.
Teloneras que estuvieron a la altura
La previa no fue menor. La banda argentina Eruca Sativa abrió la jornada con potencia y personalidad marcada por el liderazgo femenino, surcando el terreno con un sonido sólido y una presencia escénica que fue reconocida por el público desde el inicio.
Luego fue el turno de The Pretty Reckless, liderada por Taylor Momsen, que aportó una cuota de oscuridad pero a la vez sensualidad rockera. Su show elevó la intensidad y preparó el terreno para lo que vendría después. Ambas bandas cumplieron un rol clave: encender la mecha y no defraudaron.
José Antonio Cardozo y José Luis Raffo junto a Felipe, un sanducero que conocieron en el concierto
Una noche que no se repetirá
Quizás lo más impactante no fue solo la calidad musical ni la magnitud del evento. Fue la sensación de estar presenciando algo irrepetible. Una especie de despedida no anunciada, pero intuida.
Porque ver a AC/DC hoy no es solo ver a una banda. Es asistir a la persistencia de un género, a la obstinación del rock por no morir jamás. Es entender que, aunque el tiempo avance, hay fuegos que no se apagan.
Y anoche, en River, ese fuego ardió como pocas veces. AC/DC no dio un recital. Dio una lección de un Rock and Roll en su estado mas puro.