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La experiencia de que el bienestar generado por las vacaciones se desvanece rápidamente es casi universal. Lo que para un visitante puede ser un destino soñado, para quien vive allí es apenas su rutina cotidiana. Esta paradoja revela una idea central: no es el lugar en sí mismo el que produce descanso duradero, sino la experiencia subjetiva que se construye durante ese tiempo. El auge global del turismo refuerza esta lógica, donde el movimiento constante parece prometer alivio, aunque rara vez lo garantiza.

Diversos estudios psicológicos respaldan esta percepción. Un análisis clásico muestra que los efectos positivos de las vacaciones tienden a desaparecer poco después del regreso a la vida diaria. Esto confirma que, si el descanso no introduce cambios reales en el funcionamiento interno de la persona, actúa apenas como un analgésico transitorio. La vuelta al mismo ritmo, estímulos y exigencias neutraliza rápidamente cualquier beneficio. Frente a esta realidad, se debe repensar el descanso no como una pausa espontánea o meramente geográfica, sino como una experiencia diseñada conscientemente. El primer eje de ese diseño es la interrupción del circuito de sobreestimulación. No se trata simplemente de “usar menos” las pantallas, sino de establecer franjas claras e innegociables sin noticias, alertas ni redes sociales. La mente, sometida a una vigilancia permanente, necesita espacios libres de estímulos para poder desactivarse. En tiempos analógicos, las malas noticias llegaban igual, pero no ocupaban cada minuto del día.

El segundo eje es la reconexión con el cuerpo. El sistema nervioso no responde solo a ideas o discursos, sino a acciones concretas. Caminatas, exposición a la luz natural, horarios regulares de comida, hidratación, siestas breves y ritmos previsibles son elementos esenciales para restablecer el equilibrio. Lo “tradicional”, lejos de ser obsoleto, aparece como una herramienta eficaz para el bienestar. La conclusión es clara: una sociedad agotada no necesita más ocio improvisado, sino límites. Menos pantallas, menos debates permanentes. Quizás lo más futurista sea, en realidad, recuperar el arte de poner fronteras para que la mente vuelva a ser un espacio habitable.

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