Romina Beltramelli /
16 años de pasión por la belleza y un vínculo que trasciende la peluquería
Hace 16 años, Romina Beltramelli decidió dar un giro a su camino profesional. Mientras cursaba el último año de la carrera de Profesorado de Idioma Español, descubrió que la peluquería podía ser mucho más que una actividad para despejarse de las exigencias de los estudios, podía convertirse en su verdadera vocación.
Todo comenzó con una sugerencia de una persona cercana, que la incentivó a buscar una actividad que le permitiera desconectarse de la intensa carga horaria que tenía por entonces. Cerca de su casa funcionaba la academia de peluquería de Mingo Radesca, un lugar que Romina observaba con interés cada vez que pasaba por allí.
Finalmente se animó a entrar, consultar y comenzar el curso. La experiencia fue decisiva. “Toda la vida amé ser peluquera”, contó en una entrevista en el streaming de Diario La Prensa, donde repasó los principales momentos de una trayectoria que ya lleva 16 años ininterrumpidos.
Tras finalizar su formación, surgió la posibilidad de abrir su propio salón. Durante un tiempo combinó ambas actividades, daba clases de idioma español en el liceo piloto y, al mismo tiempo, desarrollaba su emprendimiento en el mundo de la belleza. Con el crecimiento de la peluquería llegó también una decisión, dedicarse de lleno a aquello que realmente disfrutaba.
“Cuando fui viendo que me iba bien en la peluquería, dije, tengo que decidirme, no puedo hacer las dos cosas”. La elección fue la peluquería, una actividad que desde entonces continuó acompañando con nuevos cursos y capacitación.
La peluquería como espacio de encuentro
Para Beltramelli, trabajar con el cabello no se limita a cortes, colores o peinados. En su visión, la peluquería también cumple una función emocional. Muchas personas llegan buscando un cambio de imagen, pero también un momento para sentirse mejor.
“El pelo es todo en la persona”. Según su experiencia, el estado emocional puede reflejarse en la manera en que cada persona cuida su cabello. También observa que los grandes cambios personales suelen estar acompañados por modificaciones en el corte o el color.
Entre todas las tareas que realiza, el peinado ocupa un lugar especial. Lo considera una instancia creativa, en la que cada trabajo es diferente. Si bien actualmente las fotografías de referencia facilitan la comunicación con las clientas, Romina recuerda que anteriormente debía interpretar lo que cada persona imaginaba y convertirlo en un resultado concreto.
Ese vínculo construido durante años es uno de los aspectos que más valora. Algunas clientas que comenzaron a concurrir al salón siendo jóvenes hoy regresan con sus propios hijos. Incluso ha ocurrido que una misma persona fue atendida por ella durante distintas etapas de su vida, desde su primer corte de cabello hasta su fiesta de 15 años.
“Son clientas de años, de que nos conocemos, de que hemos creado una amistad”.
De la peluquería al centro integral de estética
La trayectoria de Romina también tuvo una nueva etapa, hace dos años, cuando decidió incursionar en el área de la estética junto a su hermana Sabrina. De esta manera, el emprendimiento amplió sus servicios y pasó a funcionar como un centro integral dedicado al cabello, el rostro y el cuerpo.
La propuesta incluye tratamientos faciales, servicios corporales y depilación láser, además de otros procedimientos estéticos. Explicó que también cuentan con tecnología destinada a la eliminación de tatuajes, un tratamiento que requiere varias sesiones.
La incorporación de estos servicios significó ampliar una propuesta que originalmente estaba centrada en la peluquería. La idea es que las clientas puedan resolver diferentes necesidades de belleza en un mismo espacio, con atención personalizada y mediante agenda previa.
Una primera clienta inolvidable
Entre los recuerdos que guarda de sus comienzos hay una anécdota que todavía provoca una sonrisa. Su primera clienta fue una “tía de corazón” que tenía una preferencia muy definida, el rojo.
La mujer llegó con su propia caja de color para asegurarse de obtener exactamente el tono que acostumbraba utilizar. El desafío era todavía mayor porque el salón recién inaugurado tenía una decoración completamente blanca, paredes, sillones y piso.
“Casi infarto”, recordó Romina entre risas. Sin embargo, el trabajo salió bien, no hubo manchas y la clienta se fue feliz con su característico rojo intenso. Para la joven peluquera que daba sus primeros pasos, aquella experiencia terminó siendo una verdadera prueba de fuego.
Dieciséis años de agradecimientos
Al mirar hacia atrás, atribuye buena parte de su trayectoria a las personas que la acompañaron. En primer lugar mencionó a sus clientas, con quienes construyó relaciones que en muchos casos trascendieron el ámbito profesional.
También destacó el respaldo de su esposo y de su familia, fundamentales durante estos años. Pero existe además una persona a quien considera especialmente importante, aquella que la impulsó, al comienzo de su carrera, a acercarse a la academia de peluquería. “Si no hubiese sido por ese empujón, yo estaría dando clases”.
Hoy, 16 años después, Romina continúa trabajando en aquello que descubrió como una pasión y que terminó convirtiéndose en su profesión. Su historia combina capacitación, perseverancia y creatividad, pero sobre todo una relación cercana con quienes se sientan en su sillón.
Cada turno representa mucho más que un servicio de belleza. Es un encuentro, una conversación y, en muchos casos, un espacio compartido para sentirse mejor.