El tren puede traer trabajo al puerto de Montevideo… si el sindicato no lo espanta
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Por Jose Pedro Cardozo
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Hay oportunidades que no golpean dos veces la puerta de un país. Y Uruguay tiene hoy una de ellas delante de sus narices. Todo gracias a la recuperación, modernización y extensión del sistema ferroviario nacional que puede ser mucho más que una inversión en transporte de cargas. Puede convertirse en la columna vertebral de una nueva estrategia económica: hacer de Uruguay una plataforma logística regional. Hasta ahora hemos pensado el ferrocarril, fundamentalmente, como una herramienta para llevar nuestra producción hacia el puerto de Montevideo. Hay que pensar al revés. ¿Por qué no utilizarlo también para traer hacia el puerto de Montevideo parte de la producción del norte argentino y del sur de Brasil? Regiones que producen enormes volúmenes de bienes que necesitan llegar al Atlántico. Y sus tradicionales vías de salida enfrentan problemas de distancia, costos, infraestructura, congestión y capacidad.
Uruguay tiene una ventaja que no puede desaprovechar: un puerto estratégico, una ubicación privilegiada y la posibilidad de desarrollar conexiones ferroviarias y multimodales con el litoral y la región. Eso permitiría pensar seriamente el puerto de Montevideo como un verdadero hub logístico regional. Todo en base a algo muy concreto. Trabajo.
Cada carga que atraviese Uruguay necesitará transporte, almacenamiento, depósitos, operadores, aduanas, mantenimiento, servicios profesionales, logística, tecnología y trabajadores. Y allí aparece también una oportunidad extraordinaria para el norte del país.
Un puerto seco en Salto, conectado al ferrocarril y articulado con Montevideo, podría transformarse en un nodo estratégico para recibir, concentrar, almacenar y despachar mercaderías. Salto dejaría de ser simplemente una ciudad ubicada en el extremo norte del país para convertirse en una pieza de un corredor logístico internacional. No es una fantasía.
Es planificación. Es aprovechar la geografía. Es convertir una ubicación que muchas veces hemos considerado periférica en una ventaja competitiva. Pero para que eso ocurra hay una condición que parece elemental y, sin embargo, algunos se empeñan en ignorar: el puerto capitalino debe funcionar.
Uruguay no puede pretender convencer a productores y exportadores argentinos y brasileños de utilizar Montevideo como salida al mundo mientras al mismo tiempo proyecta una imagen de incertidumbre producto de conflictos sindicales recurrentes. Todo funciona con certezas.
Funciona con certezas. El empresario necesita saber cuánto le cuesta transportar su mercadería, cuánto demora y si podrá embarcarla cuando corresponde.
El derecho sindical es incuestionable. Pero también existe un derecho mucho más amplio: el derecho del país a trabajar, producir, comerciar y crecer. Y el Estado debe asumir su responsabilidad. No puede permitir que una infraestructura estratégica para toda la economía nacional quede periódicamente condicionada por disputas sectoriales.
Hace falta una normativa clara. Hace falta previsibilidad. Hace falta establecer límites cuando las medidas de fuerza terminan comprometiendo servicios esenciales para el comercio exterior.
Porque el puerto de Montevideo no es patrimonio de un sindicato ni de una empresa. Es y será del Uruguay. Por eso, el desafío no es solo construir vías. Es construir una política que entienda y aproveche esta señalada oportunidad.
Porque mientras algunos siguen discutiendo quién tiene derecho a detener el puerto, otros países están preguntándose quién puede ofrecerles una vía rápida, segura y confiable hacia el mundo. La respuesta debería ser Uruguay. Pero para que lo sea, necesitamos algo más que vías nuevas.
La inteligencia para poner todo lo indicado en movimiento. Porque el tren del futuro está comenzando a formarse. Y sería imperdonable que, cuando llegue a la estación, Uruguay tenga el puerto cerrado.