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El país comienza a desperezarse del letargo estival, al reiniciarse en febrero, pese al Carnaval, algunas actividades, lo que impone una mirada sobre la realidad económica que enfrenta Uruguay y sobre cómo el complejo escenario internacional puede terminar siendo, según se gestione, una oportunidad o una amenaza.

Vivimos en un mundo donde las reglas políticas y económicas tradicionales han perdido vigencia. La globalización convive, de manera cada vez más tensa, con un proteccionismo en ascenso, impulsado por disputas geopolíticas, conflictos regionales y un reordenamiento de las grandes potencias. En ese contexto incierto, Uruguay navega con algunas variables a favor y otras que generan preocupación.

A nivel local, el país muestra una inflación en claro retroceso, que en 2025 cayó por debajo de la meta oficial del 4,5% y se ubicó en torno al 3,7%, con perspectivas de continuar descendiendo. A primera vista, se trata de una buena noticia, largamente buscada por los distintos gobiernos. Sin embargo, este logro viene acompañado de un dólar débil y de precios de las materias primas relativamente estables, lo que plantea nuevos desafíos para la competitividad y el equilibrio fiscal.

El tipo de cambio real perdió cerca de un 9% de su valor a nivel regional y cerró aproximadamente un 28% por debajo de su promedio histórico. Esta combinación impacta de lleno en dos frentes sensibles: las cuentas públicas y el mercado de trabajo. En lo fiscal, la indexación de gastos frente a ingresos que no crecen al mismo ritmo genera tensiones y deteriora los resultados. En el plano laboral, el crecimiento del salario real, en un contexto de bajo dinamismo económico, puede frenar la creación de empleo, una experiencia que el país ya conoció en ciclos anteriores.

El entorno regional tampoco ofrece señales contundentes. Brasil seguiría siendo un país “barato”, con bajo crecimiento, sin generar grandes impulsos ni sobresaltos para Uruguay. Argentina, en cambio, mostraría signos de recuperación tras un año prácticamente estancado, aunque sin cambios relevantes en sus precios en dólares. No obstante, la volatilidad sigue siendo una constante, como en 2025, cuando Estados Unidos debió intervenir ante el fracaso de su plan económico, recordando que las sorpresas siguen a la orden del día.

En el plano político interno, el gobierno logró aprobar el Presupuesto Quinquenal sin contar con mayoría en Diputados, una señal de capacidad de negociación y gobernabilidad. Sin embargo, esa misma fragilidad parlamentaria podría limitar la concreción de reformas estructurales de mayor calado, reproduciendo, en parte, las dificultades que en su momento enfrentó la actual oposición cuando fue oficialismo.

Las proyecciones tampoco son alentadoras: las expectativas de crecimiento hasta 2028 se ubican medio punto porcentual por debajo de lo previsto en el Presupuesto. En un escenario así, no sobra nada y, probablemente, falten recursos, lo que obligará a decisiones incómodas, como ya se han practicado.

En ese marco se abre una tensión clave dentro del propio gobierno: ¿prevalecerá la visión del equipo económico o la presión de los sectores más radicales? Hasta ahora, el equipo liderado por el ministro Oddone ha marcado la agenda, con el respaldo del presidente y la Torre Ejecutiva, apostando al orden macroeconómico y a la prudencia fiscal. Pero las presiones de sectores que promueven más Estado y más políticas sociales —con su inevitable costo— siguen latentes.

La apuesta estratégica pasa por una mejor inserción internacional. El acceso a nuevos mercados, ya sea a través del Tratado Transpacífico o del acuerdo Mercosur–Unión Europea, abre posibilidades reales, aunque sus beneficios se verán recién en el mediano y largo plazo. Ese camino implicará aceptar mayor competencia y revisar privilegios y “derechos adquiridos”, un desafío político y social de gran envergadura.

El rumbo económico será decisivo. Si el Ministerio de Economía logra sostener señales positivas, el gobierno podrá mostrar resultados en el área social, eje central de su programa. Si no, ganarán fuerza las visiones alternativas. En un mundo convulsionado, el margen de error es mínimo y las decisiones que se tomen hoy marcarán el Uruguay de los próximos años. Para bien o para mal…

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