Trump y Xi Jinping: entre retórica e intereses
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Por Jose Pedro Cardozo
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El encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping fue presentado por ambos gobiernos como un paso decisivo hacia la estabilización de las relaciones entre Estados Unidos y China. Las declaraciones oficiales hablaron de “avances importantes”, de una “relación constructiva y estratégica” y de nuevos acuerdos comerciales capaces de aliviar tensiones acumuladas durante años. Sin embargo, detrás de los gestos diplomáticos y de las fotografías, quedó una sensación evidente: el diálogo entre las dos mayores potencias del planeta continúa dominado por sus propios intereses y ofrece escasas respuestas para el resto del mundo.
La reunión dejó claro que Washington y Beijing pueden encontrar coincidencias cuando se trata de proteger sus economías o garantizar la estabilidad de los mercados energéticos, pero siguen profundamente enfrentados en los asuntos que realmente definen el equilibrio global. Taiwán, Irán, el comercio internacional y la seguridad estratégica continúan siendo focos de conflicto. Nada de eso cambió tras el encuentro.
Xi Jinping habló de un “hito” y de una nueva etapa bilateral. Trump, fiel a su estilo, aseguró haber alcanzado “fantásticos acuerdos comerciales”. Pero la realidad demuestra que ambas potencias mantienen intactas sus desconfianzas. China continúa considerando a Taiwán como el núcleo central de sus intereses nacionales, mientras Estados Unidos insiste en sostener su respaldo político y militar a la isla. Nada ha cambiado. Washington seguirá interviniendo en un asunto que Beijing considera interno.
Ese punto, probablemente el más delicado de todos, sigue siendo una bomba de tiempo geopolítica. Ninguna sonrisa diplomática puede ocultar que un eventual conflicto en torno a Taiwán tendría consecuencias devastadoras para la economía mundial y para la estabilidad internacional.
Tampoco hubo avances sustanciales respecto a Irán. Mientras Estados Unidos acusa a empresas chinas de colaborar indirectamente con Teherán y exige mayor presión sobre el régimen iraní, Beijing mantiene una postura ambigua, cuidando sus intereses energéticos y comerciales en Medio Oriente. China necesita estabilidad en la región porque depende fuertemente del suministro petrolero y porque un cierre prolongado del estrecho de Ormuz afectaría severamente su economía exportadora.
Esa fue una de las pocas coincidencias reales entre Trump y Xi: ambos necesitan reabrir el estrecho y evitar un colapso energético global. No se trata de una coincidencia ideológica ni diplomática, sino puramente económica. El petróleo continúa siendo el verdadero idioma común de las grandes potencias.
La cuestión comercial también mostró más propaganda que resultados concretos. Se habló de mayores compras chinas de soja, carne vacuna y aviones Boeing, así como de posibles aperturas del mercado financiero chino. Pero estas promesas recuerdan a otros anuncios realizados en el pasado que terminaron diluyéndose entre sanciones, aranceles y represalias mutuas.
Mientras tanto, el resto del mundo observa con impotencia. Las grandes decisiones globales siguen dependiendo de negociaciones bilaterales entre Washington y Beijing, donde los intereses de las naciones más pequeñas rara vez son consideradas. América Latina, África y buena parte de Europa quedan atrapadas en una disputa de poder ajena, obligadas muchas veces a alinearse económica o estratégicamente con uno u otro bloque.
El problema central es que tanto Estados Unidos como China parecen incapaces de pensar en términos verdaderamente multilaterales. Hablan de estabilidad global, pero priorizan ventajas comerciales; hablan de cooperación, pero profundizan la competencia tecnológica y militar; hablan de paz, mientras expanden su influencia en regiones cada vez más sensibles.
El encuentro entre Trump y Xi confirma que las superpotencias necesitan administrar sus tensiones para evitar daños propios demasiado costosos. El resto del planeta sigue siendo un espectador secundario de una pulseada gigantesca, donde los intereses colectivos quedan relegados frente a la lógica implacable del poder y los negocios.