Estafas telefónicas: el delito que llegó a nuestro país
-
Por Leonardo Vinci
/
joselopez99@adinet.com.uy
Las estafas telefónicas y digitales dejaron de ser episodios aislados para convertirse en una amenaza cotidiana en Uruguay. Lo que antes ocurría principalmente en la vía pública hoy sucede dentro del hogar, con una simple llamada o mensaje. Según advierte el centro de estudios CERES, estas modalidades delictivas no solo aumentan en número, sino también en sofisticación.
El propio ministro del Interior, Carlos Negro, lo expresó con claridad ante el Senado: los delitos evolucionaron hacia el ámbito tecnológico, donde cualquier persona con un celular o una computadora puede convertirse en víctima. Ya no se trata únicamente de robos tradicionales, sino de fraudes, extorsiones y engaños altamente elaborados que apelan a la confianza y a la emoción.
Aunque muchas de estas situaciones no se denuncian, su impacto es significativo. Datos del Banco de la República Oriental del Uruguay indican que entre 2019 y 2023 se registraron 2.653 denuncias de estafas. Si bien en algunos casos se logró recuperar el dinero, las pérdidas acumuladas siguen siendo millonarias. A esto se suman cifras recientes del Ministerio del Interior que evidencian que solo una parte de los casos cuantifica montos, superando ya decenas de millones de pesos.
Entre todas las modalidades, las estafas telefónicas destacan por su eficacia. Los delincuentes apelan a la urgencia y al miedo para manipular a sus víctimas, especialmente a adultos mayores. Un caso frecuente consiste en hacerse pasar por un familiar que enfrenta una situación urgente o por un supuesto funcionario bancario que recomienda retirar dinero. Luego, un cómplice pasa a recoger el efectivo.
Este tipo de engaño funciona porque explota un elemento clave: la confianza. Las víctimas no sospechan porque creen estar ayudando a alguien cercano o siguiendo instrucciones legítimas.
Pero las técnicas no se detienen allí. En los últimos años, los estafadores han incorporado herramientas más avanzadas, como la clonación de voz mediante inteligencia artificial. Se han registrado casos en los que una persona recibe una llamada con la voz casi idéntica a la de un familiar solicitando dinero urgente. La naturalidad del tono y la familiaridad generan una reacción inmediata, reduciendo la capacidad de cuestionar la situación.
Las estafas telefónicas suelen formar parte de un esquema más amplio que incluye redes sociales, correos electrónicos y aplicaciones de mensajería. El robo de cuentas de WhatsApp, por ejemplo, permite a los delincuentes contactar a familiares y amigos de la víctima, ampliando el alcance del fraude.
También son comunes los mensajes con enlaces falsos, códigos QR maliciosos o correos que imitan a bancos. En todos los casos, el objetivo es el mismo: obtener datos personales o inducir transferencias de dinero.
La pandemia de COVID-19 aceleró este fenómeno al aumentar el uso de herramientas digitales para compras y gestiones cotidianas. Ese cambio abrió nuevas oportunidades para los estafadores, que rápidamente adaptaron sus métodos.
Frente a este escenario, la prevención es clave. Algunas recomendaciones básicas pueden marcar la diferencia: desconfiar de llamadas que generen urgencia o presión; verificar siempre la identidad de quien solicita dinero; no compartir códigos, contraseñas ni datos personales; evitar hacer clic en enlaces sospechosos; consultar directamente con la institución involucrada ante cualquier duda.
Las estafas telefónicas no son un problema del futuro: ya están entre nosotros. Reconocer sus mecanismos es el primer paso para no caer en ellas.