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La salud mental en la juventud se ha convertido en una de las principales preocupaciones dentro del sistema educativo. Lejos de ser un fenómeno aislado, atraviesa liceos, centros de formación técnica y educación para adultos, reflejando problemáticas sociales más profundas. Así lo expuso la profesora María Noel Sterla en una entrevista en el Streaming de Diario La Prensa, donde abordó la complejidad del tema desde su experiencia directa en las aulas y su participación en distintos ámbitos de análisis de la problemática.

Sterla, quien además participó en la tercera mesa participativa en el marco de la elaboración del diagnóstico del Plan Departamental de Salud Mental en Salto, aportó una mirada que combina la práctica docente con una amplia trayectoria e instancias de reflexión colectiva a nivel institucional. “Hoy la salud mental está muy complicada”, afirmó, que no se trata únicamente de adolescentes, sino también de jóvenes y adultos en el sistema educativo. 

En este contexto, el rol del docente ha evolucionado significativamente: ya no se limita a transmitir contenidos, sino que implica contener, escuchar y detectar señales de alerta en estudiantes que muchas veces atraviesan situaciones críticas. Uno de los aspectos más relevantes es el vínculo entre docente y estudiante. Según Sterla, ese lazo se ha debilitado en algunos casos, pero sigue siendo clave para identificar problemas. “Lo importante es escuchar”.

Entre la contención y los límites del rol docente

La realidad cotidiana en los centros educativos muestra a docentes que cumplen múltiples funciones. “Parecemos psicólogos, psiquiatras, somos de todo”, expresó Sterla al describir cómo, en los recreos o fuera del horario de clase, los estudiantes se acercan a contar sus problemas.

Sin embargo, esta cercanía también revela una dificultad, muchos jóvenes evitan acudir a equipos multidisciplinarios por prejuicios o desconfianza. “Cuando les decís de ir a la psicóloga, te responden ‘yo no estoy loco’”. Esto refuerza el papel del docente como primer canal de contención, aunque no tenga la formación específica para abordar todos los casos.

En este sentido, la profesora recordó la figura del “profesor consejero”, una herramienta del pasado que permitía a los estudiantes elegir a un docente de confianza para dialogar. Su ausencia, según señaló, dejó un vacío importante en el sistema.

A pesar del compromiso, los docentes enfrentan límites claros. No pueden tomar decisiones clínicas ni resolver problemas familiares complejos. Su tarea consiste en detectar, escuchar y derivar a los equipos correspondientes, aunque muchas veces la respuesta institucional no sea suficiente o llegue tarde.

Violencia, frustración y desigualdad, factores que agravan la situación

El deterioro de la salud mental en los jóvenes no puede entenderse sin analizar el contexto social. La entrevista puso en evidencia múltiples factores que inciden directamente: problemas económicos, falta de oportunidades, presión social y cambios en los valores.

“Si no tenés dinero o no triunfás, parece que sos un fracasado”, se señaló durante la conversación, reflejando una lógica que impacta especialmente en los adolescentes. A esto se suma la influencia de las redes sociales, que intensifican conflictos, comparaciones y situaciones de acoso.

La violencia es otro elemento en aumento. Sterla describió episodios que van desde peleas hasta situaciones de riesgo con armas blancas. “Hay una agresividad muy importante”, advirtió, destacando que estos comportamientos no son aislados y pueden desencadenarse por conflictos aparentemente menores.

La desigualdad también juega un papel determinante. Casos de estudiantes que asisten a clase sin haber comido o que no pueden acceder a determinados bienes generan frustración y afectan el aprendizaje. “Si tenés hambre, te deprimís y comprendés menos”, explicó la docente, evidenciando la relación directa entre condiciones de vida y rendimiento educativo.

La familia y la escuela, un vínculo debilitado

Hoy en dia el debilitamiento del rol de la familia es latente. Tradicionalmente, la educación en valores y normas básicas comenzaba en el hogar y se complementaba en la escuela. Hoy, esa dinámica parece haberse alterado.

“Se espera que el docente sea padre, madre, médico… y es imposible”, afirmó Sterla. Esta sobrecarga genera tensiones y, en muchos casos, conflictos con las familias, que trasladan la responsabilidad educativa exclusivamente a la institución.

La falta de comunicación entre hogar y escuela dificulta la resolución de problemas. Situaciones familiares complejas como separaciones, desempleo o ausencia de referentes impactan directamente en los estudiantes, quienes muchas veces no encuentran contención suficiente.

Prevención y trabajo colectivo, posibles caminos

Frente a este panorama, las soluciones no son simples ni inmediatas. Sin embargo, existen estrategias que buscan mitigar la problemática. Una de ellas es el trabajo de equipos multidisciplinarios, que incluyen psicólogos, asistentes sociales y educadores especializados.

Estos equipos realizan talleres sobre temas como violencia, suicidio y consumo de drogas, adaptados a las necesidades de cada grupo. “Hay que prevenir”, insistió destacando la importancia de actuar antes de que los conflictos escalen.

El consumo de drogas aparece como un factor especialmente preocupante. Según explicó, muchos jóvenes recurren a ellas como una forma de escape ante la depresión o la frustración, lo que agrava aún más su situación.

Otro aspecto clave es la empatía. La docente enfatizó la necesidad de desarrollar una “empatía activa” dentro del aula, no solo hacia los estudiantes, sino también entre los propios docentes, quienes también enfrentan niveles crecientes de estrés y desgaste emocional.

Un desafío que involucra a toda la sociedad

La salud mental en la juventud no es un problema exclusivo del sistema educativo. Como quedó claro en la entrevista, se trata de una problemática transversal que involucra a toda la sociedad.

“Somos todos”, al señalar que la solución requiere el compromiso de familias, instituciones, autoridades y comunidad en general. Detectar a tiempo, acompañar y generar espacios de diálogo son acciones fundamentales para evitar consecuencias más graves.

Aunque el panorama no es alentador, la docente insistió en la necesidad de actuar y no resignarse. “Hay que estar atentos”, destacando que cada intervención, por pequeña que sea, puede marcar una diferencia en la vida de un estudiante.

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