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Las adicciones representan hoy una de las problemáticas sociales más complejas, dolorosas y persistentes. Lejos de tratarse de una situación aislada o marginal, atraviesan hogares de todos los niveles socioeconómicos, impactan en la salud mental, fragmentan vínculos familiares y generan consecuencias que se extienden al conjunto de la sociedad. Sin embargo, continúan siendo abordadas, muchas veces, desde el prejuicio, la desinformación o la estigmatización.

En este contexto, Patricia Núñez, operadora terapéutica en adicciones, pone luz sobre una tarea poco conocida pero fundamental, el acompañamiento humano, cotidiano y cercano de las personas con consumo problemático y de sus familias. En una entrevista en el Streaming de Diario La Prensa, expuso la dimensión emocional, social y estructural que atraviesa el fenómeno de las adicciones, así como la necesidad urgente de fortalecer redes de apoyo.

El operador terapéutico, un rol que acompaña, sostiene y reeduca

Ser operador terapéutico en adicciones implica ocupar un lugar específico dentro del abordaje integral de la enfermedad. Su función no es reemplazar al psicólogo ni al psiquiatra, sino complementar ese trabajo desde un acompañamiento permanente y cercano. “El operador está en el día a día, en el mensaje, en el encuentro semanal, en el sostén emocional”. Su tarea consiste en acompañar procesos, brindar herramientas para la vida cotidiana, favorecer la reinserción social y laboral, y ayudar a las personas a reconstruir proyectos de vida que muchas veces quedaron truncos por el consumo. Este rol resulta especialmente valioso en los vacíos del sistema de salud, cuando las familias deben esperar meses para acceder a atención profesional y atraviesan situaciones de extrema angustia sin contención.

Más allá de las drogas, adicciones visibles e invisibles

Uno de los aportes centrales de Núñez fue ampliar la mirada sobre qué entendemos por adicción. Si bien las adicciones químicas como el consumo de alcohol, marihuana, pasta base u otros estupefacientes siguen siendo las más visibles, existen múltiples adicciones naturalizadas socialmente que no siempre son reconocidas como tales. “El alcohol y el cigarrillo también son adicciones, aunque muchas veces se los niegue”, remarcando que el alcohol suele ser la puerta de entrada a consumos más problemáticos. A esto se suman las adicciones comportamentales, la ludopatía, la adicción a la tecnología, a los videojuegos, a la pornografía, a la comida y a los vínculos de dependencia y codependencia. Estas últimas, hoy denominadas popularmente como “relaciones tóxicas”, pueden derivar en situaciones de violencia extrema si no se detectan y abordan a tiempo. Muchas tragedias que luego ocupan titulares tienen su raíz en dinámicas de dependencia emocional no trabajadas.

La adicción no discrimina, una enfermedad transversal

Contrario a ciertos discursos instalados, Núñez señaló que no existe una edad ni una clase social específica para la adicción. “Atraviesa todas las fronteras”. Si bien la adolescencia suele ser una etapa crítica, marcada por cambios emocionales y búsquedas identitarias, el origen del consumo problemático suele estar ligado a experiencias de dolor, carencias afectivas o conflictos familiares no resueltos. Desde esta perspectiva, la adicción es definida como “la enfermedad de lo no dicho”: aquello que no pudo expresarse con palabras y termina manifestándose a través del consumo. El adicto, se convierte muchas veces en el emergente de un conflicto familiar más amplio.

Una enfermedad reconocida, no una falta de carácter

También desmitificó la idea de que la adicción se supera con fuerza de voluntad. “La persona decide consumir, pero no decide ser adicta”. La adicción es una enfermedad reconocida por organismos internacionales como la ONU y requiere tratamiento profesional. El abordaje efectivo debe ser interdisciplinario, combinando atención psiquiátrica, tratamiento psicológico y acompañamiento terapéutico. La medicación permite controlar los impulsos compulsivos, mientras que la terapia aborda las causas profundas del consumo. El operador terapéutico, en ese entramado, cumple la función de reeducar y acompañar el proceso de cambio.

Cuando la familia también enferma

El consumo problemático no afecta solo a quien consume. Las familias suelen quedar atrapadas en dinámicas de culpa, miedo y agotamiento emocional. Muchas veces, desde el amor, refuerzan conductas adictivas sin saberlo. “Dar dinero no es ayudar, es facilitar el consumo”, subrayó la importancia de enseñar a poner límites saludables. Parte esencial del trabajo terapéutico consiste en acompañar a las familias, ayudarlas a comprender los comportamientos adictivos, fortalecer su autonomía y cuidarse a sí mismas sin sentir que están abandonando al ser querido.

Rehabilitar es reinsertar, trabajo, valores y sentido de vida

Para Núñez, la recuperación real va mucho más allá de la abstinencia. Rehabilitar implica reeducar, reconstruir valores y devolver a la persona un sentido de utilidad y pertenencia social. En ese camino, el acceso al trabajo y a la formación en oficios resulta clave. Su proyecto apunta a articular con organismos estatales, instituciones educativas y empresas privadas para generar capacitaciones, pasantías laborales y oportunidades reales de reinserción. Sin estas herramientas, advirtió, muchas personas regresan al mismo entorno que las llevó al consumo, aumentando el riesgo de recaída y reincidencia.

Vocación, voluntariado y una necesidad urgente de apoyo

Actualmente, gran parte del trabajo se realiza de manera voluntaria, lo que implica un enorme esfuerzo personal y económico. La falta de espacios físicos adecuados, especialmente ante la llegada del invierno, y la necesidad de financiamiento son obstáculos concretos para sostener la iniciativa. Aun así, Núñez destaca la gratificación humana que implica cada pequeño avance. “Si tres personas piden ayuda, ya es un logro”.

Un llamado a la responsabilidad colectiva

Las adicciones son una problemática en constante crecimiento que exige respuestas urgentes, integrales y humanas. Hablar de adicciones es hablar de dolor, pero también de esperanza. Porque cuando existe escucha, contención y trabajo en red, sanar deja de ser una utopía y comienza a transformarse en una posibilidad real.

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