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En pocos días celebramos una fecha patria. El 25 de Agosto hace un año más de la Declaración de la Independencia, más allá de que podría decirse que la fecha verdadera es otra. Evitando esta vez cualquier discusión o polémica, un día antes del 25, celebramos, ya tradicionalmente, la Noche de la Nostalgia. Y de eso quiero hablar.

NOSTALGIA

Es rara la nostalgia… el sentimiento en sí. Por unas horas, ese día podemos caer en la trampa de que todo tiempo pasado fue mejor, ya sea por la música, las costumbres, los códigos que ya no existen. Esa noche particular tiene algo de ritual colectivo en dónde miles de personas bailan las mismas canciones de hace treinta o cincuenta años, como si el calendario se pudiera pausar. No es casual que sea la noche más multitudinaria del año. Es verdad que los uruguayos somos nostálgicos y eso nos juega en contra muchas veces. A veces intento escaparle a la nostalgia. O al estado nostálgico total. Está bien añorar y extrañar, es algo bueno, de hecho, pero el problema es la vida nostálgica. Quien añora tanto para atrás, muchas veces termina paralizado o desdichado en su presente. No le permite accionar ni evolucionar. Curioso es también como la nostalgia deforma el recuerdo, transformándolo en algo que a veces ni siquiera pasó. O caer en, lo que puede ser una trampa, de creer que si algo vuelve será igual, cuando como canta Sabina en “Peces de ciudad”: al lugar donde has sido feliz mejor no volver. ¿Por qué? Porque el tiempo habrá hecho sus estragos.

ULISES

Con Ulises pasa algo parecido, aunque más matizado. Vuelve a Ítaca después de veinte años, pero no vuelve al mismo lugar ni con los mismos ojos. Su mujer envejeció, a su hijo no lo respetan, su reino se cae. Solo lo conoce Argos y siguen creyendo los pocos fieles que le quedaron. Sin embargo, a diferencia de la advertencia de Sabina, Ulises sí vuelve, y esa vuelta tiene un sentido. No busca repetir el pasado sino más bien cerrarlo. Ahí está la diferencia entre añorar y dar el ultimatum. Una cosa es visitar el recuerdo cada tanto. Otra muy distinta es mudarse a vivir ahí. Lo noto en políticos que, en un afán de que su tiempo no pase, se aferran con uñas y dientes a lo poco que queda de aquel tiempo. Repiten consignas de hace veinte años como si la sociedad no hubiera cambiado. Insisten con el mismo diagnóstico para problemas que ya mutaron. Dicen que están pensando en soluciones pero no están pensando en nada. Y confunden la fidelidad a una idea con la fidelidad a una época, que no es lo mismo. Un dirigente clavado en su mejor momento deja de leer el presente y ahí empieza a perder relevancia sin darse cuenta. Y es menos capaz de leer a sus compatriotas y al futuro.

LAS COSAS ERAN MEJORES

Debo decir que es verdad que algunas cosas eran mejor antes. No todas, pero algunas sí. No es ninguna novedad que los valores y los códigos de hace unos 40 años podían ser algo más “limpios” que hoy. Había, quizás, menos individualismo, más respeto por la palabra empeñada, vínculos de barrio que hoy escasean. Eso también es parte de lo que se añora esa noche, y creo que no hay que avergonzarse de extrañarlo. A su vez, nuestra especie ha tenido avances enormes. Por más que sigue habiendo pobreza, antes había más. Por más que sigue habiendo analfabetismo, antes lo había más. Por más que siga habiendo, lamentablemente, un destrato hacia las mujeres, antes había muchísimo más. Entonces… no todo tiempo pasado fue mejor. Quizá cada tiempo es como es. Y nosotros somos hijos de nuestro tiempo, más que de nuestros padres.

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