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En los barrios más vulnerables de nuestra ciudad, las ollas populares continúan siendo un sostén para cientos de familias. Sin embargo, la situación actual dista de ser sencilla. A seis años de su surgimiento y tras el impulso que tuvieron durante la pandemia, estas iniciativas enfrentan hoy un escenario marcado por la reducción de apoyos y el aumento de los costos.

María José Semino, presidenta del colectivo de ollas y merenderos de Salto, explicó en una entrevista a Diario LA PRENSA que actualmente reciben insumos secos por parte del Ministerio de Desarrollo Social (Mides) y el Instituto Nacional de Alimentación (INDA). Entre ellos, arroz, lentejas, leche en polvo, azúcar, aceite y pulpa de tomate. Estos productos no alcanzan para cubrir una alimentación completa. “Lo que más nos está faltando hoy es carne y verduras”, señaló. La falta de estos alimentos esenciales obliga a los propios voluntarios a cubrir gastos de su bolsillo, algo que no todos pueden sostener en el tiempo.

La situación se agravó tras la retirada del apoyo económico de la Intendencia de Salto en noviembre pasado. Ese respaldo permitía adquirir productos frescos y otros insumos básicos que hoy escasean. Como consecuencia, varias ollas dejaron de funcionar.

Una red que resiste en los barrios

A pesar de las dificultades, el colectivo mantiene activas unas 14 ollas y 11 merenderos distribuidos en diferentes zonas del departamento, con cerca de 11 referentes. Cada uno organiza una jornada semanal en la que se entrega un plato caliente y, en muchos casos, una merienda. En promedio, cada espacio brinda entre 150 y 200 porciones semanales. Aunque la frecuencia es menor que en tiempos de pandemia, cuando la asistencia era casi diaria, la demanda sigue siendo alta y tiende a incrementarse durante el invierno. “El clima influye mucho. Si llueve varios días, quienes trabajan en la zafra o en changas no tienen ingresos, y eso repercute directamente en la comida”. La red de ollas cubre prácticamente todo el territorio de Salto, alcanzando barrios con altos niveles de vulnerabilidad como Salto Nuevo y zonas cercanas a asentamientos.

El trasfondo, trabajo precario y pobreza persistente

Detrás de la necesidad alimentaria hay una problemática estructural, la inestabilidad laboral. Muchas de las personas que recurren a las ollas dependen de trabajos zafrales o informales, con ingresos insuficientes. “Hay jornadas que no llegan a 500 pesos, y con eso tienen que sostener a toda una familia”. A esto se suma que las condiciones climáticas pueden interrumpir el trabajo, dejando a los hogares sin ingresos durante días. Las familias que asisten suelen ser numerosas, con cinco o más integrantes. También hay una fuerte presencia de madres solteras y adultos mayores que viven solos. En ese contexto, las ollas representan un alivio momentáneo más que una solución definitiva. “Nosotros no le solucionamos la vida a nadie. Es una ayuda para que, al menos ese día, tengan comida”.

Más que comida, contención y acompañamiento

El trabajo de los referentes no se limita a la alimentación. En el contacto cotidiano con las familias, también surgen otras problemáticas: situaciones de violencia, carencias habitacionales o dificultades para acceder a servicios básicos. “Muchas veces intervenimos, orientamos o ayudamos a encontrar a dónde recurrir”. Además, varios espacios cuentan con roperos solidarios que distribuyen ropa y abrigo, especialmente necesarios en invierno. Este vínculo cercano con la comunidad genera un compromiso que va más allá de lo asistencial. “Vemos a las familias todos los días, no solo cuando vienen a buscar comida. Eso hace que no sea fácil soltar”.

Entre la urgencia y los tiempos institucionales

Desde el colectivo han mantenido conversaciones con autoridades departamentales para intentar restablecer algún tipo de apoyo que complemente el del Mides. Los avances son lentos. “Los tiempos institucionales no son los de la gente. Entendemos que hay procesos, pero la necesidad es ahora”. Mientras tanto, los voluntarios continúan sosteniendo las ollas con recursos limitados, conscientes de que están cubriendo una responsabilidad que debería ser compartida con el Estado.

El desafío de ir más allá de la asistencia

Más allá de la emergencia, el colectivo busca generar soluciones a largo plazo. Entre sus objetivos está impulsar iniciativas que permitan crear fuentes de ingreso, especialmente para madres solteras y otros grupos vulnerables. “Siempre pensamos en cómo ayudar a que las familias puedan salir adelante por sí mismas”. Aunque estos proyectos aún están en desarrollo, representan una esperanza de cambio. “Las ollas no deberían existir”. Para ella, lo ideal sería que cada hogar pudiera garantizar su propia alimentación, sin depender de la asistencia.

Una ayuda que no puede faltar

El desafío no es solo mantenerlas en funcionamiento, sino construir las condiciones para que algún día dejen de ser necesarias. Hasta entonces, la red comunitaria continúa, firme, en la primera línea de la urgencia social.

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