Salto, entre el viento y el agua /
¿Situaciones en la que no tendremos descanso?
Dos temporales en apenas quince días, cientos de viviendas afectadas, pérdidas millonarias en la producción hortícola y ahora la amenaza de la creciente, que puede obligar a nuevas evacuaciones. Así, enfrentamos una inusual sucesión de fenómenos que vuelve a poner sobre la mesa su vulnerabilidad climática. Por todo eso, Salto está pasando por un mal momento. Y no se trata solamente de una manera de decirlo. En escasos quince días, el departamento enfrenta una sucesión de acontecimientos extraordinarios que parecen no dar tregua: dos temporales de viento, daños todavía sin reparar, pérdidas millonarias en la producción hortícola y, ahora, una creciente que amenaza con obligar al desplazamiento de familias.
Lo ocurrido el pasado 18 de julio todavía está fresco. Aquel temporal, con características excepcionales, dejó una profunda huella en la ciudad y en buena parte del departamento. Hasta el 30 de julio se habían contabilizado unas 340 intervenciones vinculadas a viviendas afectadas: techos destruidos, paredes dañadas y casas que quedaron en condiciones tan precarias que no resulta posible simplemente colocar nuevamente un techo nuevo porque existe riesgo de derrumbe.
Mientras esos trabajos todavía estaban en marcha, llegó otro episodio. El de la madrugada del sábado 1º de agosto, alrededor de las 3 de la mañana, las ráfagas alcanzaron los 102 kilómetros por hora, muy por encima de los valores que inicialmente se esperaban. El fenómeno volvió a provocar daños, derribó algunos techos que habían resistido el primer temporal y alcanzó sectores de la ciudad que anteriormente no habían sido afectados, particularmente en la zona de Don Atilio. Es decir, cuando todavía no se había terminado de atender una emergencia, apareció otra.
Y mientras los equipos de emergencia continúan trabajando, una nueva preocupación comienza a tomar forma: el río Uruguay. La creciente, alimentada por los importantes aportes de agua provenientes del sur de Brasil y por los extraordinarios caudales que continúa evacuando Salto Grande, aproxima al río a niveles que pueden comenzar a generar desplazamientos. Una vez superada la cota de seguridad de los 12 metros, la situación adquirirá otra dimensión, especialmente para quienes viven en zonas costeras y sectores bajos.
Tradicionalmente, los primeros desplazados pueden rondar las 200 personas, aunque la magnitud final dependerá de la evolución del río durante los próximos días. Y todo esto ocurre mientras Salto todavía intenta recomponerse de los daños anteriores.
Más de 400 productores hortícolas han sufrido las consecuencias de los temporales, con pérdidas que las primeras evaluaciones ubican en torno a 60 millones de dólares. Son familias, trabajadores y pequeños emprendimientos que no solamente perdieron estructuras productivas: en muchos casos perdieron buena parte del esfuerzo de años.
Quizás uno de los mensajes más fuertes que dejan estos acontecimientos es que ya no parece razonable considerar cada episodio como un hecho aislado. Salto está mostrando, con demasiada frecuencia, las señales de un territorio expuesto. Los temporales vuelven a colocar al departamento dentro del corredor de fenómenos severos que caracteriza a esta región y, ahora, el río agrega una amenaza diferente, silenciosa pero igualmente concreta. Entre el viento que destruye y el agua que avanza, Salto enfrenta días difíciles. Y detrás de cada techo roto, cada chacra dañada y cada familia que eventualmente deba abandonar su casa, hay algo mucho más importante que las cifras: personas intentando volver a empezar, una vez más.