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Fue la primera palabra que me vino a la cabeza cuando vi la foto de la delegación turística oficial en Ginebra.
Tres senadores, varios directores de organismos, funcionarios públicos, todos sonrientes, todos prolijos, todos lejos.
Casta.
“Fuimos a presentar un informe”, se justificaron.
Viáticos, pasajes, hoteles.
Todo pago por el pueblo, claro.
No lo comprendo.


Tenemos embajador que podría hacer el trabajo. Para eso le pagamos.
Pero no, mandamos delegaciones turísticas.
Casta.
Fue la misma palabra la que apareció cuando me enteré de que el INAU contrató a una universidad argentina.
250 mil dólares.
Sin llamado.
Sin procedimiento legal de contratación.
Sin pudor.
Casta.
Busqué antecedentes.
Poca trayectoria académica seria.
Mucho antecedente político.
Funcionarios de gobiernos de la costa bonaerense. Kirchneristas o ex K.
Especialistas en sobrevivir al Estado, aun cuando ya no gobiernan.
La casta que perdió el poder, pero no las mañas.
Ahora reciben un salvavidas.
No con su plata.
Con la plata de los niños del INAU.
Casta importada, pero pagada con presupuesto oriental.
Los que cuando gobernaban se transformaron en eso que decían combatir.
En casta.
Todo esto mientras el INAU acumula muertes de menores que no estaban solo a su cuidado.
Estaban a su cargo.
Y esa no es una diferencia semántica, es jurídica.
Casta.
La del Directorio del INAU.
El mismo que, con idéntica falta de sensibilidad que la delegación turística a la ciudad de Calvino, contrató treinta —sí, treinta— asesores para tres directores.
“Yo solo contraté cinco”, se defendió una de ellas.
Fanática de la numerología, se ve.
Esa creencia milenaria que atribuye a los números un poder casi místico.
Casta.
La que se olvida del otro número.
Cinco mil dólares mensuales para varios de esos asesores.
Pagados, además, a través de la cómoda farsa del PNUD.
El Estado pone el dinero.
Sin licitación.
Los directores mandan los nombres en una tarjeta.
Y el PNUD los contrata.
Brahmanes con contrato internacional.
Casta premium.
Mientras se toman vacaciones, y cuando se acumulan las muertes, pretenden negar que estaban en la playa.
Casta.
Esa misma casta que debe ser investigada por la Justicia penal por las seis muertes ocurridas en los últimos meses en el INAU.
Porque hay funciones que no se delegan y generan responsabilidad.
Acá ya no estamos discutiendo buena o mala administración.
Ni torpeza política.
Ni desprolijidad burocrática.
Estamos discutiendo la responsabilidad penal.
Porque hay funciones indelegables: vigilar, controlar, supervisar y garantizar los deberes de cuidado.
La doctrina penal es clara: comisión por omisión.
Si los controles no existieron.
Si fueron meramente formales.
Si hubo alertas que no generaron respuesta.
Si se priorizaron viajes, contratos amigos y asesorías militantes.
Si se miró para otro lado.
Entonces el expediente deja el despacho y entra al juzgado.
La discusión deja de ser administrativa o política.
Entra, legítimamente, en el terreno penal y debe ser investigada.
Lo enseña Kaufman. La comisión por omisión se configura cuando quien tiene posición de garante no actúa pudiendo y debiendo hacerlo, y esa inacción es jurídicamente equivalente a haber causado activamente el resultado típico.
Casta.
Es la que queremos terminar.
Para que, como soñaba Gandhi, los intocables —dalits— sean iguales a brahmanes, kshatriyas, vaishyas y shudras.
Y para que, de una vez por todas, no haya más castas.
Ni de este lado, ni del otro lado del río.

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