La Prensa Hacemos periodismo desde 1888

En los últimos días, las amenazas de tiroteos en liceos han dejado de ser episodios aislados para convertirse en un fenómeno inquietante. Los mensajes, escritos en paredes — en baños, al resguardo del anonimato—, instalan un clima de inseguridad, desconfianza y tensión en comunidades educativas que ya venían atravesando múltiples desafíos. Sin embargo, quedarse en la superficie del problema sería un error: la amenaza no es el origen, sino el síntoma.

Las autoridades han señalado que este comportamiento podría estar vinculado a desafíos virales difundidos en redes sociales, muchas veces con el objetivo de evitar la asistencia a clases. Pero reducir el fenómeno a una “moda digital” implica ignorar una realidad más compleja y preocupante. Detrás de cada mensaje hay un adolescente que busca expresar algo, aunque no sepa cómo hacerlo de otra forma.

En muchos hogares, donde los adultos pasan largas jornadas fuera por trabajo, se asume que la presencia física de los jóvenes en casa es garantía de bienestar. Sin embargo, ese supuesto es cada vez más frágil. El acceso temprano y casi irrestricto a dispositivos, sumado a la falta de supervisión sobre el uso de redes sociales, ha generado una generación más conectada que nunca, pero también más expuesta y, en muchos casos, más aislada.

La pregunta de fondo es incómoda, pero necesaria: ¿qué está ocurriendo en esos hogares para que estos comportamientos se trasladen a los centros educativos? 

El enojo, el aburrimiento o la frustración pueden estar presentes, pero rara vez se expresan en espacios de diálogo. En su lugar, emergen a través de acciones que buscan impacto, atención o validación.

La prevención y el acompañamiento constante aparecen como herramientas fundamentales. Sin embargo, los centros educativos carecen, en muchos casos, de equipos multidisciplinarios suficientes para abordar estas situaciones. Psicólogos, trabajadores sociales y orientadores son reclamados desde hace años por colectivos docentes que ven cómo los problemas se profundizan sin respuestas estructurales.

La sociedad, además, parece atravesada por una serie de “muros invisibles”: falta de tiempo, vínculos debilitados y una creciente dependencia de las pantallas como forma de entretenimiento y, muchas veces, de evasión. En ese contexto, las conductas de riesgo encuentran terreno fértil. La asistencia a clases, por ejemplo, empieza a depender más del criterio de los adolescentes que de acuerdos familiares sólidos, lo que distorsiona dinámicas esenciales.

Este tipo de retos no es nuevo. Hace algunos años, el llamado “juego de la ballena azul” evidenció hasta qué punto los contenidos digitales pueden influir en conductas extremas. Aquella experiencia debería haber dejado aprendizajes más profundos sobre la necesidad de vigilancia, diálogo y educación digital. Sin embargo, los patrones se repiten.

En los foros y espacios digitales donde interactúan jóvenes, la línea entre la planificación de acciones peligrosas y su ejecución es cada vez más difusa. Allí se construyen narrativas que banalizan la violencia y la convierten en una forma de expresión. En Uruguay no hay, al menos por ahora, un aumento de tiroteos, pero sí de amenazas. Y eso, lejos de tranquilizar, debería encender todas las alarmas.

El llamado “efecto contagio” ha demostrado su capacidad de expansión, atravesando fronteras físicas y replicándose con rapidez en entornos digitales. Frente a esto, los protocolos institucionales existen, pero sin recursos suficientes corren el riesgo de quedar en letra muerta.

Cuando los adultos abandonan su rol de guía, el vacío se llena con otros referentes, muchas veces dañinos. La violencia, entonces, deja de ser excepcional y comienza a naturalizarse. Si los jóvenes perciben que “no pasa nada”, que no hay consecuencias ni límites claros, repetirán conductas que consideran inofensivas, aunque no lo sean.

Las amenazas en los liceos no son solo un problema de seguridad: son un reflejo de una sociedad que ha comenzado a desatender a sus adolescentes. Escuchar, acompañar y asumir responsabilidades no es opcional. Es, hoy más que nunca, urgente.

Ranking
Recibirás en tu correo electrónico las noticias más destacadas de cada día.

Podría Interesarte