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La crisis de la cerveza vuelve a poner sobre la mesa uno de los problemas estructurales del Uruguay: un país donde fabricar, trabajar, invertir y competir cuesta cada vez más, mientras los productos importados avanzan sobre un mercado que durante décadas fue dominado por la producción nacional. La crisis de la industria cervecera uruguaya debería preocuparnos mucho más de lo que parece. No se trata solamente de cerveza, de marcas tradicionales o de una disputa entre una empresa y su sindicato. Detrás de una botella de Pilsen, Patricia, o de las desaparecidas Norteña o Doble Uruguaya aparece, una vez más, el gran problema del país: el poder producir en Uruguay.

Según plantea FNC, elaborar cerveza en Uruguay cuesta aproximadamente el doble que hacerlo en Argentina o Brasil. Costos laborales, energéticos, logísticos e impositivos conforman una mochila difícil de cargar cuando se debe competir con productos importados. Y el resultado está a la vista: mientras la industria nacional enfrenta dificultades para sostener su producción, la cerveza importada ya se habría quedado con más de la mitad del mercado interno. Hace apenas dos décadas, la cerveza nacional dominaba el mercado interno.

Algo está fallando. Uruguay puede exportar carne, celulosa, software y servicios profesionales. Produce cebada de excelente calidad y es capaz de colocarla en mercados internacionales. Sin embargo, cuando llega el momento de transformar esa materia prima, generar valor agregado, mantener puestos de trabajo y vender una lata de cerveza en nuestro propio país, la ecuación comienza a dejar de cerrar.

Aquí aparece una discusión que nadie debería simplificar. El sindicato tiene razón cuando sostiene que reducir salarios no garantiza, por sí solo, la supervivencia de una industria. Los trabajadores no pueden ser siempre la variable de ajuste. Pero la empresa también tiene razón cuando advierte que los costos importan y que ninguna actividad puede sobrevivir indefinidamente si produce más caro de lo que el mercado está dispuesto a pagar.

En el sector existen, además, condiciones laborales y beneficios superiores a los mínimos de otras actividades. Incluso hay esquemas donde una jornada reducida puede terminar remunerándose como una jornada completa. 

Para el movimiento sindical puede tratarse de conquistas históricas. Pero también es legítimo preguntarse si, en determinadas circunstancias, esas conquistas siguen siendo sostenibles cuando la productividad no acompaña y la competencia llega desde países vecinos con estructuras de costos mucho menores.

Esta es la parte incómoda del debate. Defender el trabajo no puede significar ignorar la realidad económica. Porque una cosa es pedirle a una empresa que haga esfuerzos razonables para preservar empleos y otra muy distinta es exigirle que pierda dinero indefinidamente, o que renuncie a toda rentabilidad, para mantener una estructura que dejó de ser competitiva.

Tampoco parece razonable pensar que cada vez que una industria pierde competitividad deba aparecer el Estado para subsidiarla. Porque entonces la cerveza deja de pagarse únicamente en la caja del supermercado y pasa a financiarse, silenciosamente, mediante Rentas Generales. Y allí terminamos pagando todos, incluso quienes no consumen cerveza.

La solución no puede recaer sobre un solo sector. El sacrificio, si es necesario, debe ser compartido. La empresa debe revisar sus costos, su eficiencia, su estrategia comercial y su capacidad de competir. Los trabajadores y el sindicato deben entender que la defensa genuina del empleo también requiere productividad y sostenibilidad. 

Y el Estado tiene la obligación de preguntarse por qué, en Uruguay, producir puede resultar tan poco atractivo... El desafío es volver a hacerlo de manera competitiva. Porque si no somos capaces de corregir los costos que nos asfixian, recuperar el mercado interno y defender nuestra producción sin encerrarnos en discursos ideológicos, el problema no será solamente la cerveza. Hoy compramos cerveza importada porque resulta más conveniente. Mañana seguiremos cruzando la frontera para comprar alimentos, ropa, productos de consumo y todo aquello que el bolsillo ya no pueda pagar en este lado. Entonces habrá que preguntarse, cuándo aceptamos que producir en Uruguay se convirtiera en un lujo y que corregir esta realidad, debería ser una prioridad. Algo que hoy, no veo.

 

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