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Las imágenes difundidas en redes sociales en las últimas horas muestran un episodio tan triste como preocupante: una pelea entre dos chicas adolescentes, estudiantes del Liceo Nº 5, ocurrida en la céntrica esquina de Brasil y Osimani y Llerena. Más allá del hecho en sí, que ya de por sí resulta lamentable, lo verdaderamente inquietante es el contexto en el que se produjo y el papel que habría tenido un adulto presente.

El video, que rápidamente se viralizó, expone el enfrentamiento entre dos jóvenes en lo que aparenta ser un “ajuste de cuentas”. Según se escucha en la grabación, el padre de una de las protagonistas no solo estaba presente, sino que incluso alentaba a su hija a “dar una lección” a la otra adolescente, a quien aparentemente acusaban de haber cometido actos de bulling —o bullying, como se lo denomina actualmente— contra su hija. Si esto efectivamente ocurrió así, estamos frente a un hecho doblemente grave.

Primero, porque la violencia nunca puede ser el camino para resolver conflictos, menos aún entre adolescentes que están en pleno proceso de formación. Y segundo —y quizá más alarmante— porque cuando un adulto, que debería representar la voz de la razón, la prudencia y el ejemplo, termina alentando una agresión, el mensaje que se transmite es profundamente equivocado.

Los adultos tienen una responsabilidad irrenunciable: educar con el ejemplo. Cuando esa referencia falla, cuando quien debería poner freno termina empujando hacia la confrontación, se produce una distorsión peligrosa de los valores que deberían guiar la convivencia.

Es cierto que el bullying es un problema real y doloroso que afecta a muchos estudiantes. Nadie puede minimizarlo. El hostigamiento entre pares genera heridas emocionales profundas y debe ser abordado con seriedad por las instituciones educativas, las familias y la sociedad en su conjunto.

Pero una cosa es reconocer el problema y otra muy distinta es responder con más violencia.

La idea de “dar una lección” mediante una pelea no solo es equivocada, sino que además reproduce la lógica de la justicia por mano propia, una práctica que lejos de solucionar los conflictos, termina agravándolos.

Este episodio debería servirnos para reflexionar. La difusión masiva del video en redes sociales también habla de una sociedad que muchas veces observa estos hechos con una mezcla de curiosidad, morbo o entretenimiento, cuando en realidad deberían generar preocupación y autocrítica.

No se trata de buscar culpables inmediatos ni de convertir un episodio lamentable en un espectáculo público. Se trata de preguntarnos qué tipo de mensajes estamos transmitiendo a las nuevas generaciones. Porque cuando los jóvenes ven que la violencia se aplaude, se justifica o se naturaliza, el resultado es previsible: más violencia.

Ojalá este hecho no tenga imitadores. Porque si algo demuestra la experiencia es que la maldad y la violencia solo generan malas reacciones. Nunca construyen soluciones. Y ante este tipo de situaciones, vale recordar una enseñanza sencilla pero profundamente sabia que repetían nuestros mayores: “No le haga mal a tu vecino, que lo tuyo viene en camino”. Una frase simple que encierra una verdad esencial: la convivencia se construye con respeto, no con golpes. Y el primer paso para lograrlo siempre debe venir de los adultos. Eso, lamentablemente en este episodio no se entendió ni practicó.

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