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Tras una visita a un antiguo correligionario, al despedirnos, luego de caminar en silencio por el living hacia la puerta principal, un apreciado amigo, con quien fui, me mira y me dice penosamente: ‘‘se nos están yendo los viejos, Facundo’’. Lejos de ser un tono despectivo, lo decía con un cariño especial y con la impotencia irremediable que genera saber que hay cosas que no se pueden controlar, como el tiempo.

Antes, los ancianos —o personas mayores que sobresalían en el grupo— solían ser el centro de atención porque guardaban la prueba y el error, o sea, la experiencia. Ellos, en el centro de la reunión, de la fogata, de la cena o el almuerzo, eran fuente de información y sabiduría. Hoy, aun teniendo una población cada vez más envejecida, prescindimos de eso. No es que tengan la verdad revelada, se han equivocado —de hecho es valioso ese reconocimiento—, pero es un insumo más. Es verdad que todo ha cambiado y aquel mundo de ‘‘ellos’’ ya no existe. El de hoy parece no pertenecerles, habla otro idioma. Aun así, muchas cosas ya están escritas, ya pasaron, de distintas maneras, pero han pasado. Hay que recordar que han cambiado las formas, pero los temas y los problemas, a veces, siguen siendo los mismos desde que el mundo es mundo.

Mi bisabuelo Inocencio

Yo, así me enteré de historias que no habría forma de saber si no hubiera preguntado. Por ejemplo, la de mi bisabuelo Inocencio, a quien no conocí. La escuela, en el centro del país, le quedaba a tres leguas —catorce kilómetros y medio— entonces le regalaron un petiso, es decir, un caballo bajo, con poca alzada, ideal para que lo lleve y traiga. Uruguay, hacia 1895, no lograba la paz institucional que sí tuvo lugar en el año 1904. Una tarde, al lugar se acercó un bando preparándose para una batalla, en plena campaña. Iban de pasada, lo que significaba que se llevaban todo a su alrededor porque eran provisiones para los enfrentamientos y claramente no pedían permiso, eran otros tiempos. Bueno, a ver, como en toda guerra civil latente. Lo cierto es que Inocencio los ve venir y lleva al petiso a un cañaveral. Lo esconde, logrando pasar desapercibido. Casi disfrutando el éxito de su movimiento, cuando se estaban yendo en caravana, ya lejos, uno de los caballos relincha como despidiéndose. El petiso de Inocencio no tuvo mejor idea que contestarle, metido en las cañas, lo que hizo volver a los combatientes para que, aun con llanto de por medio, se llevaran al caballito. Tan marcado quedó que se encargó de contárselo a su hijo y yo, al preguntar, reviví una historia que podía haber quedado únicamente en su memoria.

Es valioso escuchar, mirar y leer a los mayores

Ahí es donde quiero llegar: la experiencia y las historias viven y mueren con las personas, a no ser que se transmitan. Anécdotas y enseñanzas, también errores. Es valioso escuchar, mirar y leer a los mayores, más allá de si uno está de acuerdo o no con lo que hizo de su vida, o si los códigos morales eran otros. Uno después saca sus conclusiones. A veces, o siempre, se es más hijo de su tiempo que de sus padres.

Pérez-Reverte, en una charla

Dijo: ‘‘…ese abuelo que se le cae la moquita, que está viejo ya, el otro que se hace pis encima… no, no, no os equivoquéis, ese abuelo fue guapo, se ligó una señora guapísima, esa abuela fue una mujer inteligente, hizo un montón de cosas y vivieron guerras, lucharon, tuvieron vidas muy duras, hicieron cosas magníficas y sacaron adelante una familia. Tienen muchas cosas que contar.’’ Es tomarse el tiempo de preguntarles, por curiosidad o por lo que sea. ¿Cómo era antes? ¿Cómo pudiste? ¿Y qué pasó? ¿Y hoy, qué pensás? Puedo asegurarte que algo se aprende, por la positiva o por la negativa. Más tarde ya es tarde.

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