Una mirada al Mundo multipolar
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Por José Pedro Cardozo
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El sistema internacional ha ingresado, sin dudas, en una etapa claramente multipolar. Tres grandes potencias estructuran hoy el tablero global: Estados Unidos, China y Rusia. A diferencia del mundo unipolar que emergió tras la caída del Muro de Berlín, el poder ya no está concentrado en una sola capital, sino distribuido en centros que compiten, cooperan y desconfían entre sí.
Es notoria la rivalidad que enfrenta a Estados Unidos y China. Se trata de una nueva “guerra fría”, marcada por disputas tecnológicas, comerciales, estratégicas y geopolíticas. El Indo-Pacífico es el epicentro de esta competencia. China, convertida en potencia económica, tecnológica y militar, aspira a consolidar su influencia en el este de Asia. Washington, por su parte, hará todo lo necesario para evitar que Beijing establezca una hegemonía regional que altere el equilibrio global.
La gran interrogante es si esta competencia podrá mantenerse dentro de los márgenes de la contención estratégica o si, en algún momento, derivará en un conflicto abierto. El riesgo existe, aunque por ahora ambas potencias parecen conscientes del costo devastador de una “guerra caliente”.
La guerra en Ucrania aceleró la consolidación de un eje táctico entre Rusia y China. Moscú, aislado de Occidente tras la invasión de 2022, encontró en Beijing un socio económico y diplomático indispensable. El conflicto no solo transformó la seguridad europea, sino que profundizó la fragmentación del orden global.
Donald Trump intentó modificar la dinámica estratégica, buscando reducir la confrontación con Rusia para concentrar esfuerzos en contener a China. Sin embargo, ese giro no prosperó. Hoy, Washington mantiene una relación tensa tanto con Moscú como con Beijing, lo que configura un escenario de competencia simultánea con dos potencias nucleares.
Tras casi cuatro años de guerra, Rusia intensifica sus operaciones militares, apuntando a infraestructuras críticas ucranianas. Diversos analistas sostienen que Moscú busca maximizar sus ventajas territoriales antes de cualquier eventual negociación. La posibilidad de una gran ofensiva no puede descartarse. Europa occidental, por su parte, continúa respaldando al gobierno de Volodímir Zelenski, considerando que la estabilidad del continente está en juego.
La expansión de la OTAN hacia el este ha sido señalada por algunos expertos como un factor determinante en el deterioro de las relaciones con Rusia. Otros sostienen que la responsabilidad recae exclusivamente en la decisión del Kremlin de invadir un país soberano. Este debate marcará la interpretación histórica del conflicto.
Lo cierto es que las relaciones entre Rusia y Europa atraviesan su peor momento en décadas, con consecuencias económicas, energéticas y políticas de largo alcance. La guerra ya ha superado en duración a varios conflictos europeos del siglo XX, y su impacto estratégico es profundo.
Si Rusia lograra consolidar un corredor territorial que deje a Ucrania sin salida al mar, el mapa geopolítico del Mar Negro cambiaría sustancialmente. Ucrania perdería peso estratégico, y el equilibrio regional se vería alterado de forma duradera.
En cualquier caso, el mundo que emerja después de esta guerra será más fragmentado, más competitivo y más inestable. La multipolaridad no implica necesariamente equilibrio: puede significar, también, un aumento de tensiones permanentes entre grandes potencias que buscan redefinir las reglas del orden internacional.
En ese contexto, los países medianos y pequeños, como Uruguay, deberán actuar con prudencia, inteligencia y autonomía, conscientes de que el nuevo tablero global no admite ingenuidades.