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Federico Stalker: Un luchador que se fue demasiado pronto

Federico Stalker fue un hombre de acción, de esos que no se quedaban con los brazos cruzados frente a las injusticias. El 17 de febrero de 2005, un trágico accidente de tránsito en el interior rural más profundo de Salto se llevó su vida. Conducía una camioneta de UTE, donde trabajaba como funcionario, cuando todo cambió en un instante.

De marino a sindicalista incansable

Federico no era solo un empleado de UTE. Había navegado los mares como marino mercante, enfrentando tormentas y soledades que forjaron su carácter fuerte. Al volver a tierra, se integró al sindicato de AUTE, defendiendo con pasión los derechos de los trabajadores. Su voz resonaba en las calles y en las reuniones, siempre del lado de los que menos tenían. Hablamos de un hombre vehemente, de temperamento firme, pero con una calidez humana que conquistaba a todos. Siempre buscaba estar cerca de la gente, promoviendo huertas familiares como vía para dignificar la vida a través del trabajo.

Militancia que marcó una época

Su lucha pública explotó en 1992, cuando se sumó a la campaña para derogar la ley de empresas públicas por referéndum. Aquel triunfo fue un grito de resistencia. Después, dio el salto a la política partidaria con el Encuentro Progresista-Frente Amplio, en vísperas de un cambio histórico: la izquierda llegaba por primera vez al gobierno. Como edil en la Junta Departamental de Salto, brilló por sus intervenciones a favor del pueblo. Una de las más recordadas fue su batalla contra la incineradora de residuos hospitalarios, que amenazaba la salud de todos. Presentó ideas y proyectos concretos: desde incentivar la cultura de la quinta hasta repartir miles de semillas de verduras por los barrios, para aliviar la olla popular. Miles de familias sintieron su mano extendida. Sus aspiraciones eran legítimas, aunque a veces limitadas por su propio sector político.

La última cena y el día fatal

La noche anterior al accidente, cenamos juntos en la parrilla de Larrañaga y Rivera. Federico estaba preocupado: un compañero militante había alquilado tres ómnibus para la asunción de Tabaré Vázquez, pero el tiempo apremiaba y marzo estaba cerca. Al día siguiente, el 17, salió temprano rumbo al interior rural con un transformador para una estación de UTE. Volvería a mediodía para vender pasajes de esos ómnibus. Pero la noticia llegó como un rayo a primera hora de la tarde. Yo andaba cerca del CAM, en diálisis, pregunté por Richard Boucq. Me atendió y confirmó lo peor. Corrí a Radio Arapey, en calle Artigas. Allí estaba el Ruso Giovanoni y Rubén Milans, a punto de empezar su programa. Nos abrazamos con emoción fuerte. "Murió Federico", se corrió la voz por la ciudad.

Fuimos hasta su casa. Darle la noticia a su señora y a sus hijas fue desgarrador. Los golpes de ella contra mí, gritando "¡No, no es mentira!", el llanto de las niñas... una tragedia que aún quema en la memoria. Esperamos sus restos en la morgue, éramos pocos. El velatorio se armó en la sede de AUTE, con su presidente al frente, poniéndose a disposición. Todo Salto desfiló: desde el intendente Eduardo Minutti y políticos del momento, hasta filas interminables de vecinos de los barrios. De la noche al sepelio, la ciudad lo despidió de pie. Federico no vio asumir a Tabaré. Le faltó poquito.

¿Fue realmente un accidente?

Quedaron preguntas sin respuesta. Hoy, 21 años después, me pregunto: ¿lo de Federico fue un simple accidente? René Descartes dudó de Dios y tuvo que irse de su país. En su tiempo, cuestionar lo sagrado era peligroso. Con Federico pasa igual. Todos dicen que volcó la camioneta en un camino rural, pero la duda queda ahí, como una espina. ¿Fue solo mala suerte o hay algo más? Hay que seguir preguntando por él, como él lo hacía por la gente.

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