Otra vez el tránsito se lleva una vida joven. Otra vez una familia queda rota. Otra vez escuchamos que existen leyes, normas, controles. Y sin embargo, el dolor vuelve a golpear. Pero dentro de esta tragedia que enluta a todos, hay un hecho que merece ser contado con respeto y con el corazón en la mano: el acto de amor inmenso de una madre.
Según relataron testigos, cuando el peligro fue inminente y el camión apareció demasiado cerca, ella entendió en una fracción de segundo lo que estaba por pasar. No hubo tiempo para pensar. No hubo espacio para el miedo. Solo hubo un impulso, el más fuerte de todos: proteger a sus hijas. Las empujó hacia adelante para alejarlas del impacto. Y lo logró. Ellas están vivas.
Ese gesto, tan simple y tan enorme a la vez, dice más que cualquier palabra. Una madre no calcula, no mide riesgos cuando se trata de sus hijos. Actúa. Se entrega. Se pone delante del peligro si es necesario. Y en este caso, esa entrega fue total. Su vida quedó en ese instante, pero sus hijas siguen aquí gracias a ella.
El dolor de la familia es imposible de describir. Un padre que despide a su hija. Unas niñas que crecerán con la ausencia física de su mamá. Abuelos, tíos, primos, amigos, todos atravesados por la misma pregunta que no tiene respuesta: ¿por qué? Las cosas de la vida a veces son así de duras, así de injustas. Son esas cosas feas que nadie quiere vivir.
Lo demás será materia de la Justicia. Habrá pericias, investigaciones, responsabilidades que se analizarán en los ámbitos correspondientes. Eso debe hacerse, porque cada hecho necesita claridad. Pero más allá de los expedientes y los informes técnicos, hay algo que ya quedó claro para siempre: el amor fue más fuerte que el miedo.
Personas cercanas a la familia contaron que las tías de las niñas ya se están organizando para acompañarlas y darles contención. Incluso, con esa mezcla de tristeza y ternura, dicen que “se pelean” por cuidarlas, por estar presentes, por ofrecerles un hogar lleno de abrigo. Ese gesto habla de una familia que, pese al golpe brutal, se une para sostener a las más pequeñas.
Las niñas seguirán creciendo. Tendrán cumpleaños, escuela, sueños, momentos buenos y momentos difíciles. Y aunque la ausencia dolerá, también llevarán para siempre la marca del amor de su madre. Un amor que no terminó en la tragedia, sino que quedó sellado en el acto más grande que puede hacer una persona: dar la vida por otro.
Otra vez el tránsito nos obliga a reflexionar. No puede ser que las estadísticas sigan creciendo y que cada número tenga un nombre, una historia, un rostro. No puede ser que sigamos acostumbrándonos al dolor. Cada vida perdida es un mundo que se apaga.
Pero en medio de tanta tristeza, queda una verdad profunda y sencilla: hay amores que no conocen límites. El de una madre es uno de ellos. Y ese amor, hasta el último segundo, fue capaz de salvar dos vidas.