La Prensa Hacemos periodismo desde 1888

La reciente decisión adoptada por la Cámara de Representantes al rechazar por unanimidad el artículo que pretendía asegurar una partida extra de treinta mil pesos mensuales para determinados funcionarios de la Cancillería marca un hito de necesaria cordura democrática. De haberse convalidado semejante iniciativa, el Parlamento habría concurrido a sancionar una norma con nombre y apellido, un traje a medida legislativo que habría deshonrado los principios básicos de igualdad ante la ley y equidad en la función pública.

Para comprender la magnitud de la controversia, es imperativo repasar los antecedentes de la protagonista de este frustrado beneficio. Fabiana Goyeneche saltó a la escena pública uruguaya siendo muy joven, erigiéndose entonces en uno de los rostros y abanderados más visibles de la campaña juvenil en favor del "NO A LA BAJA" de la edad de imputabilidad penal. Con los años, aquella militancia juvenil encontró su correlato en el aparato estatal, transformándose en funcionaria pública a partir del año dos mil catorce en el ámbito del Ministerio de Economía y Finanzas, para luego recalar como asesora en el Ministerio de Relaciones Exteriores bajo una figura de pase en comisión, además de militar en el sector frenteamplista Casa Grande.

El conflicto se desató cuando Goyeneche percibió que, al cambiar de dependencia ministerial, perdía el beneficio económico conocido como compromiso de gestión que cobraba en su cartera de origen. Ante la negativa de los servicios jurídicos de la propia Cancillería —que dictaminaron con acertado criterio que dicha prima correspondía exclusivamente a los presupuestados de ese inciso—, el Poder Ejecutivo intentó subsanar el cortocircuito introduciendo un artículo específico en el proyecto de Rendición de Cuentas. La maniobra buscaba otorgar cobertura legal a una situación particular, generando un evidente privilegio sectorial y personalizado que la oposición denunció con firmeza en el plenario.

La respuesta de la Cámara baja fue ejemplar y contundente. Los noventa y nueve diputados presentes, sin distingos partidarios ni fisuras sectoriales, votaron de forma negativa. Este rechazo unánime desactivó una maniobra que rozaba el clientelismo normativo y demostró que los frenos institucionales todavía funcionan cuando la presión ciudadana y el control parlamentario se alinean en defensa de la transparencia.

Posteriormente, el debate dialéctico se trasladó a las redes sociales, donde se cruzaron visiones encontradas. Mientras legisladores de la oposición celebraron la caída del polémico inciso tildándolo de intento de avivada para los amigos, sectores del oficialismo intentaron desviar el foco argumentando supuestas persecuciones políticas o violencia de género hacia la funcionaria. Sin embargo, pretender blindar privilegios corporativos bajo el paraguas de la vulnerabilidad política constituyó un argumento tan endeble como insostenible.

La conducta de la Cámara de Representantes en esta oportunidad merece el aplauso de la ciudadanía. En tiempos donde la desconfianza hacia la clase política suele ganar terreno, el freno categórico a esta prebenda personalizada demuestra que el sistema legislativo conserva la capacidad de autocorregirse y priorizar el interés general por encima de los favores particulares.

Ranking
Recibirás en tu correo electrónico las noticias más destacadas de cada día.

Podría Interesarte