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El otro día, hablando con un conocido, me comentaba acerca de una situación en la ciudad en la cual la Intendencia de Salto no actuaba porque no era su competencia. Justo era un tema en el que muchas personas creen que le corresponde a la jefatura departamental, por tanto genera confusión así como comentarios de todo tipo. Gran tema histórico el de la coordinación entre gobiernos departamentales y nacionales, más todavía cuando son de distinto color político o, por cualquier sea la razón, ‘‘no se llevan’’.

La conversación me hizo acordar algunas situaciones donde la competencia, que es básicamente quién debe hacerse cargo (por diseño institucional, ley, etc), es tema central. Uno de ellos es el episodio de la DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos) en España, precisamente en Valencia, dónde un episodio meteorológico hizo que en poco tiempo haya súper enchorradas. Arrasó con todo lo que había a su paso, siendo una catástrofe que se tradujo en pérdida de vidas, dejando a las autoridades heladas, sin saber muy bien que hacer. Unos y otros se excusaban en competencias, jurisdicciones, mientras las autoridades seguían sin reaccionar. Hasta el día de hoy sigue siendo un tema parlamentario en España. Lo sé, es un ejemplo extremo, pero sirve.

La inoperancia derivó en un cansancio y el hastío de la sociedad, que paga sus impuestos en tiempo y forma, y que por tanto supone que existe un estado de bienestar que lo protege. La misma rabia e indignación que generó la naturaleza, fue redireccionada a las autoridades, llegando a la conclusión de que no solamente había fallado el partido político de turno, habían fallado todos sin distinción. Lo que los argentinos verbalizan en el cántico de ‘‘que se vayan todos, que no quede ni uno solo’’.

Por eso la importancia de organigramas, jerarquías y competencias delineadas de forma clara. Porque también hay otros extremos, pasa algo y todos se meten, entonces es un desastre. La falta de coordinación, pasarse la pelota, también puede ser un desastre. En otras palabras: si nadie actúa es un desastre por omisión, si se pasan la pelota puede ser hasta cinismo y si actúan todos descoordinadamente chocan. Es el gran desafío de la coordinación, sumada a la posible lentitud de ejecución en la gestión, que es uno de los desafíos políticos de la actualidad y está relacionado estrictamente con la democracia y su valoración.

La competencia y coordinación van desde las cosas chicas hasta las cosas grandes. La pregunta que queda flotando no es quién tiene la competencia, sino si el diseño institucional que construimos sirve para la velocidad y complejidad del mundo que vivimos. Lo más elemental o gestionar una catástrofe, en el fondo, el desafío es el mismo. Cuando nadie se hace cargo, la credibilidad, pero principalmente la democracia, paga el precio.

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