Nadie va a la emergencia por gusto
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Por Pedro Rodríguez
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Todos los días recibimos la misma llamada, el mismo mensaje, la misma frustración. Vecinos de distintos barrios que nos contactan para decirnos exactamente lo mismo: "Llevo horas esperando en la emergencia del Hospital". Es un tema viejo, es verdad, pero que sigue quemando como si fuera del primer día. Y hay una verdad primera que no podemos olvidar: nadie va a una emergencia por gusto. Nadie pasa una noche entera sentado en una silla helada si no siente un dolor que no lo deja vivir.
En las redes sociales nunca faltan quienes responsabilizan a los propios usuarios. Dicen que la gente usa la guardia como si fuera una consulta médica común, que van a buscar un trámite rápido o por cosas menores. La propia dirección del Hospital, a cargo de la Dra. Gabriela González, suele respaldar esto con planillas y datos concretos. Se nos habla de un promedio de 130 consultas diarias que en meses pico trepa hasta 190, y se señala con preocupación que la cuarta causa de consulta es el simple “control de salud”. Se nos explica que se trata de un tema cultural, porque la gente prefiere ir al Hospital antes que ir a las policlínicas de la Red de Atención Primaria (RAP) en los barrios, donde a veces hay números disponibles.
Es cierto que la medicina tiene prioridades y reglas claras. Se comprende perfectamente que cuando entra una ambulancia con un paciente grave, la prioridad absoluta sea salvar esa vida. Si hay dos médicos de guardia durante la noche, es totalmente lógico que el equipo entero de enfermería, rayos y laboratorio se concentre durante horas en estabilizar a quien se debate entre la vida y la muerte. Nadie con sentido común discute esa escala de prioridades.
El problema grave aparece cuando la estadística y la explicación oficial pretenden ser la única respuesta para el que se queda afuera esperando. Hace muy poco me tocó vivirlo en carne propia: llegar pasadas las nueve de la noche con un familiar con dolor muscular intenso y ver cómo transcurrían las horas casi sin llamados. Observar el cansancio de la gente y ver cómo varios, doloridos y agotados de esperar tres o cuatro horas, terminaban levantándose y yéndose a sus casas sin atención. Para el que está sufriendo, tres o cuatro horas no son un número en una gráfica; son una eternidad.
Durante mucho tiempo hemos escuchado hablar de los 30 años de trabajo en el hospital, de la trayectoria sindical y del conocimiento de la casa por parte de la gestión. Se aplicaron medidas de “gestión pura”, como mover profesionales o ajustar consultorios para reforzar la guardia. Sin embargo, en el barrio lo definen con una frase bien nuestra: desvistieron a un santo para vestir a otro. Se hicieron cambios, pero la emergencia sigue exactamente igual de trancada.
La atención médica no se arregla pidiéndole a la gente que cambie su cultura de golpe o explicándole porcentajes a alguien que no puede del dolor. Se valora el diálogo y la educación, pero la realidad de la sala de espera manda. Tras años de explicaciones, la emergencia del Hospital de Salto sigue funcionando igual, las esperas no bajan y las quejas continúan. Es momento de reconocer que la estrategia aplicada hasta ahora no ha dado resultado y que el vecino necesita respuestas concretas, no solo justificativos.