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Cuando cumplir se vuelve imposible. Hay una escena que se repite cada vez con más frecuencia en Uruguay. No sale en los informativos ni en las cadenas nacionales, pero ocurre en casas de familia, talleres mecánicos y veredas de barrio. Un ciudadano entra a la web del SUCIVE, pone la matrícula de su auto y descubre que debe más de lo que vale el vehículo. No es una metáfora: debe más que el precio real del auto. Y ahí empieza algo peor que la deuda: la sensación de injusticia.

El SUCIVE nació con una idea razonable: ordenar, unificar, transparentar. Pero con el paso del tiempo se fue transformando en otra cosa. En un sistema rígido, acumulativo y poco empático que parece diseñado no para que la gente pueda cumplir, sino para que siempre esté en falta. Y cuando cumplir se vuelve imposible, el problema deja de ser del ciudadano.

Porque no estamos hablando de autos de lujo ni de grandes contribuyentes que esquivan impuestos con estudios contables. Estamos hablando del trabajador que usa su auto para llegar al laburo, del comerciante chico que reparte mercadería, del jubilado que necesita movilidad. Autos con más de diez, quince o veinte años, que pagan una patente como si el paso del tiempo no existiera.

El sistema no solo ignora la depreciación real del vehículo, sino que castiga con una lógica casi punitiva: multas que se acumulan, recargos, intereses, convenios que muchas veces son impagables. Y así, el SUCIVE deja de ser un instrumento de orden para convertirse en una trampa. Una trampa que empuja a la informalidad, al “no pago porque no puedo”, al auto parado, o peor aún, a circular fuera del sistema.

Y acá aparece la gran contradicción. El discurso oficial suele hablar de responsabilidad ciudadana, de cumplir con las obligaciones, de fortalecer el contrato social. Pero ¿qué contrato es ese donde una de las partes fija condiciones imposibles de sostener? ¿Qué sentido tiene exigir cumplimiento cuando el propio Estado desconoce la realidad económica de la mayoría?

No se trata de justificar al que no paga por viveza. Se trata de entender que hay una diferencia enorme entre no querer y no poder. Hoy el SUCIVE trata a ambos por igual. Y eso no es justicia, es comodidad administrativa.
Además, hay una pregunta que nadie responde con claridad: ¿a dónde va exactamente esa recaudación y qué vuelve en términos concretos al contribuyente? Porque cuando la gente siente que paga caro y recibe poco, la legitimidad del sistema se erosiona. Y sin legitimidad, ningún impuesto se sostiene en el tiempo.

Lo más preocupante es que este no es un tema técnico, es profundamente humano. Es angustia. Es incertidumbre. Es el vecino que sabe que si vende el auto no cubre la deuda, pero si no lo vende sigue acumulando recargos. Es el laburante atrapado en una lógica que no le ofrece salida.

Un sistema inteligente buscaría exactamente lo contrario: facilitar el cumplimiento, premiar al que paga, ajustar la carga a la realidad del bien y del contribuyente. Pero para eso hay que animarse a revisar dogmas, a aceptar que recaudar a cualquier costo también tiene un costo social.

Tal vez haya llegado el momento de decirlo sin eufemismos: detrás del discurso amable, el SUCIVE se ha convertido en una herramienta más de un afán recaudatorio voraz, propio de una política impositiva agresiva impulsada por el actual gobierno del FA. Un gobierno que en lo discursivo predica sensibilidad social, pero que en los hechos aplica una lógica fiscal fría, automática y profundamente regresiva.

Porque cuando el Estado convierte una obligación en un castigo permanente, no fortalece la convivencia. La debilita. Y en ese desgaste silencioso, el que pierde es el mismo de siempre: el que menos tiene y más necesita.

Y ahí está el verdadero problema. No es el SUCIVE en sí, sino la filosofía que lo sostiene. Una filosofía donde el equilibrio fiscal se persigue a costa del ciudadano común, y donde el relato progresista choca, una y otra vez, con la realidad del bolsillo popular. Porque en este esquema, el que menos tiene no solo no paga menos: paga primero, paga siempre y paga más caro.

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