Ruidos
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Por Facundo Esteche
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Edil Partido Colorado
Estamos en época de Rendición de Cuentas en el Parlamento. Cada partido saca sus conclusiones, hace sus críticas y reivindica lo suyo. Así, ininterrumpidamente, desde hace 41 años. Después de estas jornadas parlamentarias se volvió costumbre leer en redes ataques al Parlamento, incluso de políticos. No es un fenómeno uruguayo y pasa en otros países como reacción al ruido de los debates.
EL PARLAMENTO
Entre oficialismo y oposición hay un afán permanente por adjudicar la culpa al otro. Pero eso no habla mal del Parlamento como institución, sino de sus miembros, que son inquilinos de sus bancas por cinco años. El problema no es del sistema de representación ni de los partidos como instituciones, sino de sus conducciones. Que, curiosamente, representan a los votantes siendo espejo de su sociedad. No podemos atacar al Parlamento por no ser ejecutivo, cuando por naturaleza no puede ejecutar. Tampoco podemos atacar a los partidos por opinar distinto entre sí… es lo lógico.
LA DEMOCRACIA
La democracia no es perfecta, tampoco dogmática, y tiene defectos. Aun así es la forma de gobierno que más se acerca a la perfección en garantías y libertades. Como decía Churchill, exceptuando la democracia, todo lo demás es peor. La mayoría de las críticas que se le hacen quedan truncas ante ese argumento. Para enmendar sus defectos se proponen "otras democracias" (la diferente, la popular, la autoritaria) que en realidad no existen, o que si existen son formas degradadas con intenciones maquilladas. Mejor enmendar y reformar los defectos de la democracia que tratar de derribarla.
La democracia que tenemos tiene ruidos. Después de la comparecencia de un ministro, cuando hay acuerdos, desacuerdos y disidencias, ese ruido se acrecienta en el debate público y puede volverse molesto, sobre todo en temas delicados. Eso genera un terreno fértil para políticos despabilados que llevan agua a su molino. Pensemos en una tertulia de televisión con varios tertulianos, profesionales, políticos, periodistas, discutiendo un tema. Difieren entre sí (válido) pero empiezan a hablar uno arriba del otro, sin las reglas de orden que sí tiene el Parlamento, y generan un bullicio insoportable. Es como cuando se prende la tele y el volumen quedó altísimo de la última vez que se usó… nos irrita y nos da ganas de apagarla o bajarlo.
EL RUIDO
Como dice la escritora Anne Applebaum, con frecuencia las personas se sienten atraídas por las ideas autoritarias porque les molesta la complejidad. Prefieren la unidad a la división, y una avalancha de diversidad de opiniones las enfada. Buscan entonces un lenguaje político que las haga sentir más seguras. El ruido de los debates, el rumor constante del desacuerdo, irrita a quienes prefieren una sociedad unida por un solo relato. Que existan esos ruidos está bien. En los temas polémicos el bullicio puede crecer y complicar el panorama; bajarle el tono, sin restarle importancia al fondo, ayuda a seguir conviviendo. En otros temas los debates no truenan tanto, pero siguen siendo debates, que es lo que importa. Esa es una de las tantas caras de la democracia.
LOS SILENCIOS
Lo que sí debería asustarnos es que dejen de existir los ruidos, que todo sea silencio o una sola voz. Ahí ya no habría democracia. Negarlos, cancelarlos, ofrecer una solución simplista, es negar el pluralismo. Por otro lado, si no hay consenso ni políticas de Estado, lo razonable es exigir respuestas al sistema político. Y procedan, siempre hay que exigirle a quienes votamos y ponemos en lugares de representación.