El tigre de Santos
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Por Leonardo Vinci
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Cuenta Ramiro Pereira que el último tigre uruguayo que registra la historia fue cazado en 1901 en el departamento de Cerro Largo, en el noreste del país, en la frontera con Brasil, donde atacó y dio muerte a un hombre. También menciona que en 1531, Lopes de Sousa hace la primera referencia al jaguar en el territorio uruguayo. En la zona de Cabo Polonio, al este de la costa atlántica, cazaron dos jaguares de gran porte, denominando a las islas de la zona con el nombre “das Onças”. Este autor menciona que algunos indígenas del territorio utilizaban tocados de piel de jaguar, con la cabeza y dientes incluidos.
Existen relatos del período de la colonia de ataques a humanos, reportes de encuentros ocasionales e incluso de incursiones de jaguares a centros poblados como Buenos Aires y Montevideo.
Incidentes con grandes felinos
Díaz de Guzmán cuenta la historia del Río de la Plata desde su descubrimiento hasta la fundación de Santa Fe en 1573. Para este período se destacan ocasionales incidentes con grandes felinos. Específicamente señala la gran cantidad de ejemplares en las inmediaciones de Buenos Aires. Los registros de esa época sugieren que la densidad de felinos pudo incluso ser notablemente importante: “por haber sobrevenido al pueblo una furiosa plaga de tigres, onzas y leones, que los mataban y comían saliendo del fuerte; que los hacían pedazos, de tal manera, que para salir a hacer sus necesidades, era necesario que saliese número de gente para resguardo de los que salían a ellas.”. En 1715, William Toller reportó la presencia de la especie en varias zonas del territorio. Este autor hace alusión a tigres en la costa de oeste del Río de la Plata, asimismo menciona avistamientos en Santa Lucia, y la captura de un gran jaguar.
Fauna del Río Uruguay
En 1729 el padre Cattaneo comenta varias características de la fauna del río Uruguay y hace mención a tigres que son comunes de ver en las orillas sin asustarse por la presencia humana. Describe a la especie y lo asombra su tamaño por ser mucho mayor que el leopardo de África, destacando que al intentar medir una piel, esta era más alta que su cuerpo con el brazo extendido. También comenta la costumbre de los indios de dormir a la intemperie al-rededor de un fogón para evitar ser atacados por los jaguares. Asimismo, estando en las inmediaciones del Salto Grande, comenta una “invasión de tigres que venían a visitarnos atraídos por el olor de la carne” de ganado que tenían en el “campamento”, así como varios encuentros y caza de jaguares en la zona, incluso un cachorro que ahogaron en el río, por temor a que “viniesen a visitarnos sus parientes”. Todo esto sugiere que el jaguar era una especie abundante, que tenía una amplia distribución en el país, que había individuos de gran tamaño y que no veían al hombre como amenaza.
Todavía quedaban tigres
Lo cierto es que a fines del siglo 19, todavía quedaban tigres en nuestro territorio. A propósito, escuché la historia de uno de los últimos felinos, aunque inicialmente me pareció que era un mito. En alguna oportunidad escribí sobre el General Máximo Santos, quien tenía aspiraciones fastuosas. Una de ellas fue la creación de una espléndida casa de campo, la que visitaba especialmente durante los veranos con su familia. La mansión poseía un hermoso parque para el que fueron traídas toda clase de especies exóticas del viejo continente. Tenía un jardín al estilo europeo del siglo 19, con todas las características románticas de aquel período.
Jardín zoológico privado
Contaba con un jardín zoológico privado, del que aún hoy se conservan algunas jaulas para animales, aunque en estado ruinoso. Tal vez el lugar más famoso (y tenebroso) del parque es “la leonera”.
Una tigra guacha que le regalaron a Máximo Santos
Uelfo Rodríguez relata que en pagos rochenses, José María Moreira, apodado “Salvatierra” era un habitual cazador de tigres (jaguares) debido a la abundancia en su campo de bañados. “Los mataba y luego les quitaba el cuero y los preparaba para su posterior venta a Montevideo. Si mataba alguna hembra con crías, llevaba la camada para su estancia y allí crecían guachos. Allá, por el 1883, él tenía a una “tigra” bastante grande, que andaba suelta por toda la casa y jugando con todas las cosas que encontraba a su paso”. Pero el animal creció y un buen día decidieron que sería un buen presente para el General Santos- que era muy aficionado a orlar su vestimenta con detalles de cuero de tigre, y a usarlos en las badanas de su apero- así fue que un día le mandaron al animal de obsequio de parte de Moreira. El entonces Presidente mandó hacer en su parque una jaula tan grande como para que entrara un hombre parado dentro de ella. Santos - por su carácter- se había hecho de muchos enemigos.
Prisioneros tirados a la jaula del tigre
Su gobierno cruel y corrupto fue duramente combatido a través de la prensa, especialmente por la juventud universitaria montevideana, donde se destacaban Teófilo Gil y José Batlle y Ordóñez, los que escribían en “La Razón”. En 1886 estalló la revolución del Quebracho que- aunque derrotada en el campo de batalla – finalmente logró sus objetivos ya que con la renuncia de Santos terminó el militarismo y el “Capitán General” fue desterrado. Según las versiones repetidas en fogones gauchescos, Santos arrojaba a sus prisioneros políticos en la jaula de su zoológico, dejándolos en manos del tigre. La leyenda más escuchada se refiere a un individuo que, a sabiendas del destino que le esperaba, pudo munirse de un madero con el cual se defendió de los embates de la fiera durante toda la noche y pudo finalmente sobrevivir. En virtud de su valentía, al día siguiente, Santos le perdonó la vida y ordenó su liberación.
¿Leyendas?
Quien era director del museo de la memoria – Elbio Ferrario- contó que en tiempos recientes, la familia de Máximo Santos visitó la casa quinta. Consultados que fueron acerca de las leyendas sobre el celdario de los leones, sus nietos y bisnietos confirmaron la existencia de esos hechos.