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Han pasado cuarenta años desde aquel 15 de febrero de 1986 en que la Junta Departamental de Salto se reunió para elegir a su presidente. La responsabilidad recayó en quien escribe, en representación de la lista más votada del lema ganador. No fue un honor menor: era también un mandato para reconstruir instituciones, recuperar espacios y proyectar futuro, en un país que aún aprendía a caminar tras la dictadura.

El edificio del legislativo comunal —una vieja casona cargada de historia— estaba profundamente deteriorado. Los años de ocupación por la llamada Junta de Vecinos, designada por el gobierno de facto, habían dejado huellas visibles. Con el respaldo generoso del arquitecto y edil nacionalista Carlos Rodríguez Fosalba, y el empuje del joven Daniel Boada, iniciamos un proceso de reciclaje que devolvió dignidad y esplendor a un bien que pertenece al pueblo de Salto.

También rescatamos un proyecto que había quedado en el papel: la Biblioteca Dámaso Antonio Larrañaga, creada poco antes de la disolución de la Junta durante la presidencia de Ignacio Bandera. Nunca había funcionado como tal. La dotamos de material bibliográfico que personalmente trajimos desde Montevideo y la pusimos en marcha.

Modernizamos la administración: incorporamos equipamiento que se utilizó durante décadas y, como novedad absoluta para la época, una computadora IBM para el cuerpo de taquígrafas. Readecuamos el personal y trabajamos intensamente en el presupuesto quinquenal de ambos órganos, con una mirada puesta en la eficiencia y la transparencia.

Pero gobernar también es imaginar. Soñamos un aerocarril que uniera Salto con Concordia; presupuestamos la extensión de la costanera hasta Daymán; consolidamos el Hogar Estudiantil; y encaramos una batalla silenciosa pero decisiva contra la mortalidad infantil, que rondaba el 40 por mil mediante atención primaria y clínicas móviles, habiéndose logrado reducirla al 20 por mil al finalizar el período.

Promovimos congresos técnicos y jurídicos, recibimos a referentes nacionales e internacionales, y reclamamos con firmeza el mantenimiento del establecimiento El Espinillar, objetivo que finalmente se alcanzó para ese quinquenio. Fuimos pioneros en aprobar normas departamentales a favor del aire puro, prohibiendo fumar en todas las dependencias municipales.

También supimos confrontar cuando fue necesario. Desafiamos al Tribunal de Cuentas al observarnos un presupuesto que eliminaba exoneraciones y cuestionaba la teoría de la inmunidad del Estado. La Asamblea General, actuando como juez constitucional, nos dio la razón.

Nada de lo que ocurrió en aquellos años nos fue ajeno. Como dijo un amigo y correligionario, “en ese tiempo, el poder pasaba por la Junta”. Fueron años intensos, polémicos, a veces tormentosos, pero profundamente fértiles.

Hoy, cuatro décadas después, todos los que me precedieron en la Presidencia del Cuerpo ya no están entre nosotros. Eso me convierte, a la vez, en testigo y protagonista de una etapa que ayudamos a escribir. Y, sobre todo, en agradecido: porque tuvimos la oportunidad de servir, de transformar y de creer que la política —cuando se ejerce con convicción— puede ser una herramienta noble para mejorar la vida colectiva.

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